domingo, 31 de mayo de 2009

Margaret, la ternura


No me puedo dormir y vengo al blog. Ayer compré un paquete de galleticas dulces con crema y me acordé de Margaret, mi querida abuelita postiza que tan bien horneaba. Más tarde estuve en un café desde el que divisaba su terraza, y la volví a pensar. Hoy vengo de ver El Gran Torino y vuelvo a recordarla, algo en la forma en que Clint Eastwood apadrina a su joven vecino y los consejos que le da me la trajo a la memoria. Las escenas se repiten en la vida de una manera misteriosa. Cuando estoy a punto de quedarme dormida caigo en la cuenta de que entramos en junio, que es el mes de su cumpleaños (cumpliría 86), y que el mes que viene van a hacer dos años de su muerte. Una vez más me congratulo del reloj que llevo en mi cabeza y que me avisa de estas cuestiones, y ya no puedo seguir durmiendo porque este hallazgo merece cuanto menos un post.
Pienso en esa manera extraña en que nos hicimos amigos, y en el lazo tan estrecho que llegamos a crear. La nuestra era una relación atípica: ella era mayor, lo bastante como para no encontrarnos interesantes a nosotros, un par de jovenzuelos. No hablaba español, venía de una cultura bien diferente a la nuestra y poseía unos modales exquisitos que denotaban una elevada extracción social, un mundo que a nosotros nos era ajeno. Por suerte nada de esto fue una barrera para comunicarnos y entablar una bonita amistad, llena de detalles. Una amistad que fue un paradigma de comunicación y tolerancia, y de la que todos, absolutamente todos, aprendimos, incluso ella, que al principio no sabía nada de Cuba y terminó por recortarnos las noticias del periódico.
Margaret cargaba de significado todo lo que hacía, y esa fue la lección más importante que nos dejó. Poseía una elegancia natural que se manifestaba en todo lo que hacía. Si, por poner un ejemplo, nos brindaba café, y uno aceptaba, lo que venía a continuación era todo un ritual que incluía vajilla de porcelana y pastas escocesas, que ella encargaba a su sobrina especialmente para brindar a sus invitados. Si, por ejemplo, se trataba de una cena o del cumpleaños de alguno de nosotros, no escatimaba esfuerzos por hacernos sentir especiales. No se olvidaba de un detalle, era la anfitriona perfecta. Aún recuerdo el día de Navidad de hace dos años, cuando cocinó para cinco invitados un almuerzo fastuoso que sirvió en una mesa decorada con unos detalles que la mayoría de los que estábamos allí (cubanos al fin y al cabo) nunca habíamos visto ni imaginado. Todo lo había hecho ella sin ayuda, a sus 84, y todo lo quiso recoger y fregar ella misma, pues tenía un orgullo tremendo y no dejaba que nadie la ayudara, aunque yo últimamente le había cogido la baja y la chantajeaba diciéndole que si no me dejaba fregar no iba a aceptarle más invitaciones, pero era cabezota hasta decir no más.
Conocerla me hizo darme cuenta del escaso nivel de educación formal que traemos de Cuba, de la falta de detalles, de la falta de historia y de patrones en mi caso particular. Pienso cuánto la maltratamos con nuestros regalos de la feria: esas tacitas de barro pintadas de colorines que le regalamos una vez y que ella colocó sin vacilar en el lugar más visible de la cocina, mientras su vajilla de porcelana y sus cubiertos de plata sufrían envidiosos en los cajones. Pienso en el poco valor que le dí a sus regalos, que eran muchos y de buena calidad. Como aquella planta que dejé morir de sed, o ese jersey de cachemira que metí en la lavadora y que quedó inservible, apto para una niña de seis años. Y no por falta de consejos, porque bien que me explicó cómo se lavaban esas prendas delicadas pero yo no tuve la paciencia ni el deseo de seguir el protocolo, y tiré por la borda su regalo. Pero fueron tantos que mi indolencia aún no ha podido acabar con todos ellos -a pesar de mi esfuerzo por no conservar las cosas más de lo necesario- y aún puedo acordarme de ella cuando me pongo las pantuflas o el pijama que dice: "Make my dreams come true", porque la muy condenada apuntó a lo más íntimo y tierno y acolchado: las bufandas eran su fetiche, y el pastel de manzanas hecho por ella misma su regalo de despedida. De ahí que una no pueda olvidarla aunque pasen los años y de ahí también esa sensación de deuda infinita para con ese ser extraordinario que fue nuestra amiga Margaret.

5 comentarios:

Marky dijo...

Amazing blog! Can we exlinks?

The Green Man In His Green World

Anónimo dijo...

A mi me pasa exactamente lo mismo aqui con una señora, americana, republicana y a 180 grados de mi posicion politica..pero que manera tiene de preocuparse por nosotros y tener detalles con mi hija..no hay semana que no le traiga algo hecho por sus manos con muchisimo detalle...A veces nos encontramos con esos regalos de la vida..y es justo decirles gracias y saberlos apreciar.
Saludotes desde texas

susana dijo...

me has hecho llorar, yo he tenido muchas Margarets en este país, y tengo tantos cargos de conciencia de que nunca podré pagarles con lo mismo que me dieron porque ni tengo tiempo ni educación ni sé ni quiero hacer nada de lo que todas esas viejecitas me brindaron,y hasta los nombres se olvidan, fueron tiempos muy difíciles

susana dijo...

ivis, un consejo, que a mí me hicieron a mi tiempo, el formato de la letra de tus posts si puedes agrándolo, uno a veces llega cansado del trabajo o de leer y se interesa en los posts pero la letra es demasiado pequeña ¿o estaré muy vieja ya?, chao

Ivis dijo...

Julio, pues disfruta de esos detalles que también forman parte de la vida, también hay que aprender a dar, ¿verdad?
Un beso.

Susana, seguramente en tu vida serás tú alguna vez la que dé, y entonces alguien no valorará en su justa medida todo lo que le estás dando, es una rueda, así que no te preocupes. y gracias por el consejo, lo pondré en práctica.
Un saludo.