martes, 7 de agosto de 2007

El ángel

No caminaba, flotaba, ingrávida, ajena a cuanto sucedía a su alrededor, era una pluma que el viento llevaba y traía a su antojo, había quedado atrapada en su cuerpo, pero tenía unas alas enormes, enormes, que le permitían ir donde quisiera, menos cruzar el mar.
El mar. Muchas veces llegaba hasta él, pero justo en la orilla se detenía, era demasiado ancho, no podría atravesarlo, aunque quisiera. Se detenía a contemplarlo desde la arena en toda su majestuosidad, era demasiado... ancho, era apabullante.
Vivir en una isla, con el agua como vínculo o frontera, no era cosa de juego, no hay puentes al horizonte, no hay escape… Quedaba solamente surcar una y otra vez los caminos, prender una hoguera en la playa, y sentarse a esperar. Mirando el azul del océano lo comprendía todo, el azul absorbía sus ojos, o estos lo retenían, en una especie de reto, mientras más el mar era causante de sus penas, más ella lo desafiaba, pero él nunca se inmutó. Iba y venía indiferente, a veces embravecido, otras, tranquilo como si nada sucediese.
Del otro lado del mar estaba su destino, se lo habían dicho las cartas: cruzarás el mar, pero ¿cuándo? Todas las señales le revelaban que uno de esos días sería el indicado. Por si acaso, había hecho una promesa a la diosa de las aguas, para que la favoreciese en su empeño: cada noche encendería una hoguera a la orilla de la playa, en su honor. Y así lo hizo.
Él sabía aunque pretendiera no enterarse, por más que tratase no podía ignorar la presencia de aquella muchacha, mariposa o ángel, sus desnudos pies firmemente enterrados en la arena, donde las olas no la alcanzasen, con aquella mirada impertinente, atormentadora. “Un día te voy a alcanzar” – bramaba. Ya estaba cansándose del juego.
Al principio fue divertido, pensó que era una admiradora, y actuó como siempre, indiferente. Había aprendido a convivir con las miradas indiscretas de los moradores, y hasta se divertía pensando en los amantes que iban a verter sus amores a la playa, en los poetas, que le dedicaban versos febriles. Pero esta muchacha era de cuidado, no era una simple muchacha: podía volar (o sea que tenía un pacto con Dios o con el Diablo), y sus rayos azules le generaban una inexplicable inquietud.
La voyeuse llegaba todas las tardes a la misma hora, unas veces caminando, otras desplegando sus hermosas alas nervudas, transparentes como el cuerpo de las medusas que habitaban sus profundidades, y con el mismo reflejo azul-rosáceo. Llegaba, hacía una fogata, y se paraba a esperar. Así permanecía, siempre de pie, escrutándolo incómodamente hasta que anochecía y no podía verse de él más que el reflejo de las olas, si la luna lo permitía. Sólo entonces se iba volando, para volver al día siguiente, y así sucesivamente. Ya llevaba más de tres ciclos lunares en el mismo ritual, y su paciencia había comenzado a agotarse.
Aquella no era una tarde común. Su patrón, el viento, había decidido soplar sobre su inmenso cuerpo, y lo obligaba a bailar al compás de una música insoportable. Ya lo tenía enfadado, y aunque intentaba protegerse de las ráfagas hirientes con remolinos y zarpazos, no conseguía escaparse. Bastaba que bajase la guardia en alguno de sus baluartes para sentir cada vez más intenso el azote del látigo invisible de su amo. Se retorcía de dolor, le imploraba con lágrimas saladas, pero era inútil, el viento soplaba colérico, despidiendo trombas punzantes que se le encajaban como aguijones. Cuando su señor estaba de mal humor, era mejor no provocarlo, porque a las rachas podían seguir los rayos, truenos, y sus peores enemigos, los granizos. Ante tal situación le quedaba el único recurso de esperar, paciente y sumiso, el fin de la tempestad.
Y aquel bicho raro estaba ahí, como una estaca, exhibiendo su odiosa transparencia, culpándolo ¿de qué? No estaba para ella, ¡quítate de mi vista, asquerosa cucaracha blanca! ¿No ves que me siento mal? ¿Qué miras? ¿Qué quieres de mí? ¡Contesta! ¿Hasta cuándo vas a seguir con ese juego? ¡¡Bastaaaaaa!!
El ángel soportó impávido la embestida de la ola. Nunca antes en el pueblo se había visto una de tal alcance, arrastró consigo sombrillas, camastros, sillas, y hasta una barca, firmemente encallada en la arena. Pero al ángel no. Resistió sin inmutarse, sin pestañear apenas, con sus insondables ojos abiertos hacia el mar, lo miró por dentro, no era tan feo, con sus burbujas de colores, sus reflejos tornasolados. Llevaba más de dos meses asistiendo a su silencioso ritual, pero hasta entonces no había visto la belleza que se escondía debajo de las olas.
Habían pasado tres lunas llenas, bajo las cuales había tenido que soportar la mirada insistente de aquella rara especie. Aquel anochecer, luego de darle un merecido castigo por su tozudez, comenzó a sentirse mal, cada vez más mal. El agua se le helaba, no podía moverse, todo él era una masa de agua congelada, un bloque de hielo. Sentía pena por la pobre criatura, en medio de la noche podía vislumbrar su alada silueta, en el mismo lugar donde había estado durante todo ese tiempo. Hasta ese momento no reconoció que estaba acostumbrado a su presencia.
La fogata estaba apagada, no soportó el embate de la ola. Era de noche y la tormenta había pasado. El ángel, con sus alas mojadas, comenzó a caminar. Si no podía llegar a la otra orilla, al menos viviría bajo el mar.