viernes, 10 de agosto de 2007

Sueños de suicida

En el primero de los sueños yo conducía un coche al revés, no con las ruedas hacia arriba sino de espaldas, no con las manos hacia atrás sino con el timón en el espaldar del asiento trasero. Como conducía de esta extraña manera no sabía si la derecha era la izquierda y viceversa, pero no chocaba, y eso que me esforzaba en hacer las cosas mal.
Iba yo, como en esas películas de absurdos, por una calle concurrida, y no podía ver lo que enfrentaba, lo que me producía una gran angustia. No sé si maté a alguien en mi sueño, no sé si me morí, en todo caso siempre podría alegar que estaba soñando.
Para el segundo de los sueños iba yo mejor preparada, con un chaleco fosforescente de los de llevar en el maletero. Me lo ajustaba bien, no fuera a caérseme, pues esa vez me tocaba conducir una avioneta.
Era la boda de mi hermana, y tenía yo como misión llevar sanos y salvos a los invitados a este enlace de copete, que se celebraba en otra ciudad. Me subía yo en mi avión, en la parte del piloto, y tocaba los botones, tal y como haría un piloto, aunque sin resultados aparentes, la avioneta no se movía. Miré detrás de la cortina y vi que no había pasajeros; al parecer aquellos, asustados, habían puesto pies en polvorosa dejándome sola. Al menos esa vez estoy segura de que no arrastré a nadie a mi sueño suicida.
Así que encendí el motor y de repente ya volaba, pero justo en el aire recordé que no sabía hacia dónde, como tampoco sabía conducir un avión, y puesto que no podía fijarme en los carteles ni los caminos conocidos de memoria, además soy malísima con la brújula, y ni siquiera se podía clavar una estaca en la tierra para saber el norte, y encima la isla era tan estrecha que al menor descuido podía desviarme hacia la mar, decidí lanzarme hacia una nube que lucía acogedora, justo debajo y dejar que la avioneta se estrellase.
Cuando me desperté caía yo hacia el vacío, y el chaleco reflectante me daba el aire de una estrella fugaz.