sábado, 25 de agosto de 2007

Tras la puerta

Terminó de bañarse con la última estrofa de la canción que se le había pegado aquella tarde. Comenzó a secarse lentamente: el cabello, los brazos… cuando la asaltó una duda: ¡Pero no, no puede ser! ¿En qué cabeza cabe? Solamente en la suya, retorcida como rama de árbol seco.
Era imposible, concluyó. No obstante aceleró el procedimiento: los pies, el cepillo, el dentífrico, casi estaba terminando de cepillarse los dientes cuando se miró al espejo: “simplemente estás loca ¿cómo se te ocurren esas ideas?”- se dijo mientras sonreía incrédulamente.
Unos pocos metros la separaban de la habitación; y la simple hoja de una puerta para entrar en cualquier momento. Podía tocar antes, para no tropezar con imprevistos o, de lo contrario – si se atrevía – abrirla y entrar como si nada, con naturalidad, como una turista japonesa. Luego, si no le gustaba el panorama, salir y punto. Lo peor ya habría pasado.
Mientras vacilaba de ésta manera continuaba mirándose al espejo: se gustaba de veras: “no estás nada mal ¿verdad? No eres de portada de Vanidades, pero tampoco de caricaturas”. Todo eso estaba perfecto… pero regresando al tema que la preocupaba: ¿qué haría? ¿Traspasaba el umbral de la puerta, o no?
Suponiendo que su sospecha fuera fundada tendría dos reacciones probables: una – la más convencional – cerrarla de inmediato, por pudor, y luego mandarlo todo a la mierda, de una forma elegante y sin perder la clase, tal y como recomienda el manual de buenas costumbres para futuras señoritas reprimidas.
La otra reacción conllevaba ya un despliegue de histrionismo: buen tono de voz – sin temblores inoportunos – y una adecuada carga emotiva en cada una de las frases. Si ese era el camino, irrumpiría bruscamente en la habitación derribando adornos y dispuesta a cualquier cosa… Pero no lograba imaginarse en esa posición de mosquetera, decididamente no iba con su estilo.
Pensándolo mejor llegó a la conclusión de que le quedaba una tercera opción: entrar a hurtadillas y decir que iba en son de paz, y, tal vez disfrutar del espectáculo; quién sabe si también el valor le alcanzara para formar parte. Después de todo, eso pasa en las mejores familias.
Mirándolo fríamente descubrió que no sentía incomodidad alguna. Por más que escarbara no lograría encontrar malestar. "Es gente muy querida" –se dijo, reflexionando sobre la delgada frontera entre amor y amistad. "¿Acaso la amistad no será el amor disfrazado?"- se preguntó.
"No existe malestar", concluyó, y dicho esto abrió la puerta de la habitación, decidida a encontrar una respuesta.