domingo, 29 de marzo de 2009

El tren de su vida, un cuento de mi mamá

Por Zenaida Ferrer Martínez


A ella cada noche la despierta el bullicio del tren: el chuchuá sobre los rieles y su agudo y estrepitoso silbato.

Dice que justo a las dos de la madrugada, rompe el silencio el pitar aullante , y que luego se demora tanto en la estación, que ella espera su partida, imaginando la gente que lo aborda o desciende, el trasiego de paquetes y hasta los vendedores ambulantes que no descansan siquiera a esa hora.

Espera en su lecho hasta que el tren parte. Primero despacito y acelerando hasta que su pitar se pierde en la noche. Entonces, se queda dormida y en la mañana se siente agotada, como si hubiera corrido todo el tiempo tras él.

Así cuenta un día tras otro, y yo la escucho admirada de su memoria fotográfica, de su aferrarse a una narración detallada y detallosa, como siempre acostumbra.

No importa que lo que relata haya ocurrido 80, 70, 50 años atrás… o sólo cinco minutos antes: ella narra los dimes y diretes, los diálogos exactos entre una o varias personas, con increíble fidelidad.

Cuenta del primer encuentro con el que luego fuera su esposo. Ella, sentada en un taburete en el portal del bohío donde vivía su numerosa familia, escoltada por las bulliciosas hermanas y el enérgico padre.

“Llegó en su caballo, con la guitarra aupada como si fuera un niño. Se bajó de la bestia y saludó a todos con una abierta sonrisa como si nos conociera de toda la vida. Me miró y supe que era él a quien esperaba. Habló con papaíto y de vez en vez, me miraba de soslayo. No nos dijimos ni una sola palabra.

“Días después, llegó furtivamente y hablamos, me preguntó si quería ser su novia y le contesté que sí. Eso fue todo.

“Un mes más tarde, previo acuerdo, me recogió en su caballo y nos marchamos juntos. No nos habíamos dado siquiera un beso en la boca.

“Yo iba vestida de verde con zapatos blancos, y aunque él se empeñó en decir que llevaba una cinta roja en la cabeza, es broma: nunca me gustaron las cintas en el pelo y tampoco me hubiera puesto una de color rojo con un vestido verde”.

Cambia de tema y cuenta del día en que un amigo entrañable la encerró en un baño con una rana, ambas bien asustadas y amigas al final del episodio, y luego sin transición, de la mudada familiar a la casita azul, donde nació su sexta hija.

“Justo a dos cuadras de allí, pasaba la línea del ferrocarril. El tren era un espectáculo para todos. Cuando pasaba el de La habana o retornaba el de Oriente, la estación reverdecía, llena de gente cargada de equipaje, de pregoneros voceando sus matahambres y de lágrimas y alegrías, de despedidas y reencuentros”.

Vuelve entonces al ruido de la madrugada que la mantiene en vela. “Yo creo que anoche ese tren estuvo parado más tiempo del habitual. Oía el ir y venir de los viajeros y el pitazo de arrancada demoró como una hora o más. Estoy exhausta. Voy a dormir un rato”.

Así dice y vuelve su cuerpo de 90 años de cara a la pared.

Y yo la miro y la admiro. Ella vive desde hace muchos años en el centro del Vedado capitalino habanero. La línea de ferrocarril y la estación de trenes están a kilómetros de su casa. Aún así, cada mañana narra al detalle los avatares de la llegada y salida del tren de su memoria.

No la desmiento. Pienso que con ese parloteo, incentiva sus neuronas y su imaginación vuela, no lo sé a ciencia cierta, pero creo que de lo que habla realmente a diario es del tren de su vida, de llegadas y partidas (más de estas últimas) y de cómo, tras el bullicio, la estación se queda sola y vacía.

7 comentarios:

Yo soy Medea dijo...

Ivis, ahora tengo la duda si conoci a tu mama de joven. Ella estudio periodismo y era una muchacha bajita de pelo lacio tennido de rubio que practicaba gimnasia?

María Gina Valero Ortiz dijo...

Querida Ivis: esta mañana tu relato fue mi desayuno, es de una belleza tal que no se como tambien en ese tren viajas tu .
Espero y deseo que sigas con tus letras, de una manera o de otra el tren llegará a su destino y tu tambien.
Recibe todo mi cariño.

Queseto dijo...

De tal palo...

Ivis dijo...

Esa misma es, Mede, aunque no era tan bajita, es más alta que yo, jejeje. Es periodista.
Un saludo, guapa.

Gina, muchas gracias por todo. Un gran beso.

Jajaja, Queseto. ¿Viste?

Anónimo dijo...

Qué bueno saber de una familia así, con una madre horcón tan añeja y querida. ustedes dan una lección de buen amor. Felicidades a la abuelita, la madre y la hija

Anónimo dijo...

Ya sabia Yo que de algun GEN te tenia que venir esa "prosa poetica" y esa "poesia en prosa" con que nos regalas y a veces inquietas!
Ya lo ha dicho alguien:DE TAL PALO!!!
Un saludo ROBERTO

Ivis dijo...

Gracias anónimo, y gracias, Roberto.
Por lo que a mí respecta. Y sí, debe ser que hijo de gato...