martes, 1 de septiembre de 2009

Aquellas pequeñas cosas

Nostálgica perdida que soy, últimamente me la paso evocando tiempos pasados que por alguna razón siempre parecen mejores que los actuales, aunque estos no sean malos. ¡Ah, pero esa luz en la mirada, esa inocencia, (ese cuerpecito serrano) no se vuelven a tener! Además, me gusta evocar los recuerdos para -aunque sea de este modo artificial- volver a vivir esos momentos que me marcaron. Siento que la vida me pasa tan deprisa que no me da tiempo a saborearla, por eso cada vez que puedo hago flash back, para aterrizar allí, en el preciso momento en que tomé una decisión y no otra, en el instante en que me besaron o besé, cuando fui tonta, cuando fui adorable, cuando fui puta y me llevé el gato al agua, cuando lloré (y mira que lloré) por amor, cuando escribí mis primeros versos (de amor, para variar), cuando me emborraché, cuando fumé y me sentí flotando sobre una barra de dulce de guayaba, cuando debatí hasta las tantas de la madrugada acerca de la inmortalidad del cangrejo, cuando bailé como una posesa por no tener nada mejor que hacer, cuando planeábamos fugarnos de aquel país maldito, cosa que algunos aún no lograron.
Debo estar poniéndome vieja porque me ha dado por hacer una especie de recuento de mi vida, y es un trabajo que me lleva tiempo y energías, pero al que no puedo renunciar: es una compulsión. Diríase que estoy enferma de nostalgia, poseída por un espíritu burlón que quiere que exprese algo de alguna forma que no alcanzo a discernir (ni el qué ni el cómo), y es que parece que mi espíritu habla muy bajito y no sé si me dice que escriba, que rebusque en mis fotos viejas, que salga corriendo y no pare hasta que vuelva a ser la misma, que prolongue para siempre aquella adolescencia, que es la mejor etapa de la vida, o que la cierre de una vez y por todas con broche de oro y me monte una juerga inenarrable, que debe ser por eso que no acabo de sentar cabeza.
A veces oigo una voz que me dice: "¿para qué quieres casa?, puedes vivir debajo de una piedra", "¿Para qué quieres ropa y comida en la nevera?" "¡Lárgate a ver mundo!" "¡Viaja!" "Ya tendrás tiempo para recordar, eres muy joven todavía", "¡nada de hijos aún!" Mas luego el perezoso que me habita, que es mucho más pragmático, me dice: "¡vete, pa' que tú veas lo que es bueno!" "Deja que no tengas donde dormir, que no tengas dinero ni pa' chicles... con lo que te ha costado adornar esta casa, encontrar estos muebles, escoger la vajilla. ¡La de viajes a IKEA que tuviste que hacer!" "Y ese hombre tan bueno" -refiriéndose a mi novio, pero ahí tengo que pararle los pies: "¡aguanta ahí que yo no he dicho que lo fuera a cambiar! Ay, pero qué complicación, si yo lo único que quiero es dar una vueltecita! (A la manzana, vaya), y sentir esa cosquilla que sentía cuando todo era nuevo como una libreta a principios de curso, y cambiar de lugar era posible sin tener que pensar lo que hago con mis cosas y con mis cuentas si un día me da por irme a la Conchinchina. ¡Odio tener esta edad en la que uno va dejando huellas por doquier! Con lo fácil que era antes ir de un lado para otro sin tener que estar dándose de baja de esto y de aquello. Aquí, si me muero, un año después todavía parecerá que estoy viva porque me seguirán llegando las ofertas dizque "especiales", todo el mundo detrás de tu dinero (conmigo se escacharon, por cierto, soy tan poco consumidora que ya no se gastan ni el papel para escribirme ni la llamada de teléfono para molestarme: los maté de inanición).
En mi círculo se me conocía por las preguntas tontas; "¿cuánto cuesta un peso de huevos?", "¿Cuántos bistecs salen de un caballo?", son clásicos de mi infancia que a cada rato me recuerda mi mamá. Siempre he sido despistada y patética; la primera vez que por fín me decidí a tirar un huevo (algo que hacían mis primos varones con total naturalidad) vine a coger un huevo duro de un grupo que mi madre tenía reservado para una ensalada fría. Cuando aquella bolita chocó contra la pared y se deslizó suavemente en la oscuridad de la noche me dije: "eres de lo que no hay". Jamás robé nada por educación, pero el día en que intenté robarme un libro de una librería casi me cogen y al final lo tuve que dejar en su sitio.
Siempre fui torpe y olvidadiza, aún lo soy y por eso mis amigos no me dejan a sus hijos porque temen que les vaya a pasar algo. Nunca supe decir malas palabras con la entonación adecuada, aunque a superar eso me ayudó un novio que tuve, quien me hizo gritar en medio de la Plaza de la Revolución: "¡La pinga pa' to el mundo!" y "me cago en el coño de tu madre", mientras se me subían los colores. Decía que no había nada más ridículo que una mala palabra entre dientes y con pena. Y tenía razón, hay que saber decir esas cosas.
¿Y por qué estoy haciendo este recuento? Ah, pues no sé, me ha dado por ahí, quizás se trate de alguna historia que quiere que la cuente, y también porque he llegado a la conclusión de que para qué guardarse las historias si total, mañana pasa un carro y nos arrolla y pasado somos uno más de las estadísticas anuales de accidentes. Así que, antes de que esto suceda, yo voy a sincerarme.
Mañana más.

9 comentarios:

Aguaya dijo...

A veces me da también por los recuentos pero qué grato es leerte a ti, Ivis. Me encanta como escribes... Este tipo de posts tuyos me fascinan, y como ya te conozco en persona, pues se completan más al leerlos.
Un beso.

Morgana dijo...

Me haces reir y me conmueves. Viajar, conocer, crecer, madurar...quien sabe?

Un abrazo!

MIDIALA ROSALES dijo...

Eso, Ivis, tus "sinceridades", que nos deleitan,
Saludos,
Yo tambien sigo atrapada en Miami,
pero sin resignarme,
cualquier dia cruzo el charco y nos vemos en la Madre Patria, y le damos la vuelta a la manzana, aunque sea.

MAYKEL dijo...

Jajajajaja, buenísimo este post, me ha hecho reír y justo cuando más lo necesitaba. Ojalá tenga 2da parte. Un saludo.

Ivis dijo...

Agua, muchas gracias, bonita, la admiración es mútua y lo sabes.
Morgana, qué bueno que te hice reír. Yo me divertí mucho escribiéndolo. Un abrazo.
Midiala, tienes que venir, esto tiene su cosa, su swing, una de cal y otra de arena, ¿no?
Maikel, lo mismo que a Morgana, me alegro de que te rieras, igual puedo explotar esa faceta de comediante, jajaja. Un abrazo.

la margarita mia dijo...

genial este post, me ha gustado mucho leerlo, en partes me siento identificada contigo, yo no sé si será la edad, pero me esta entrando ese desasosiego existencial, saludos.

la margarita mia dijo...

genial este post, me ha gustado mucho leerlo, en partes me siento identificada contigo, yo no sé si será la edad, pero me esta entrando ese desasosiego existencial, saludos.

la margarita mia dijo...

imaginate como estoy que lo he puesto por partida doble, saludos nuevamente.

Ivis dijo...

Margarita, qué bien que te gustara... sí, debe ser cosa de la edad o del inicio del otoño (en el hemisferio norte) algo que siempre nos pone melancólicos.
Un abrazo.