jueves, 7 de febrero de 2008
Pasaje Cadena azul. Introducción
Pasaje Cadena Azul, así se llamaba aquella calle estrecha, en memoria de una emisora de radio con el mismo nombre, que había regalado casas como premio a sus oyentes. Las casas, enumeradas del uno al diez, estaban tan cercanas unas de las otras que daban vértigo, sin embargo mantenían cierta dignidad, un sinfín de detalles apenas perceptibles (reminiscencias pequeño-burguesas, como les llamaban) delataban la antigua distinción de aquel barrio, en una época en que la comodidad era un lujo que los cubanos no podían permitirse, de acuerdo con los principios del más riguroso realismo socialista. Y realismo mágico, diría yo, era lo que podía encontrarse en ese caldo de cultivo, en el que pululaban por igual socialistas sacados de los estratos más humildes, de esos que no sabían ni por qué luchaban, con otros especímenes en franca decadencia, los provenientes de familia acomodada que habían optado por no emigrar y quedarse en la Cuba revolucionaria, sin imaginarse la purga a que serían sometidos.
En orden ascendente era tal cual les narro: en el chalet número 1 (pongámosle así puesto que para mí en aquel momento era un palacio) vivía un matrimonio que pertenecía al grupo de los aristócratas amurallados entre las fronteras de sus casas. Aquello era muy feo, mucho más para mí que quería descubrir cada uno de los recovecos del barrio, para poder luego jugar a los escondidos. No sé por qué motivo (los adultos de mi barrio no jugaban a los escondidos) también parecía molestarles el ostracismo de aquellos vecinos, mucho más porque tenían “familia fuera”. Sí, sus familiares eran “gusanos” ¡Pin pon fuera, abajo la gusanera!, solíamos gritar los niños en las calles. Aquellas palabras, entonadas con fervor por los cederistas, retumbaban como una amenaza dentro de las casas de quienes se atrevían a mantener algún tipo de relación con sus parientes emigrados.
En el número 2 parecía haber un agujero negro, pues todos los que allí habitaban luego terminaban yéndose para el extranjero. Primero vivió allí una parejita que tenía una hija, a la que pusieron Aniuska, un claro ejemplo de la influencia rusa en aquellos parajes tan distantes. Pero al parecer el vínculo no era un mero capricho, sino una verdadera atracción: se fueron los tres para la Unión Soviética.
Al irse los pro-rusos se mudó a la casa un pariente de ellos, un joven llamado Héctor, que tenía una perra que se llamaba Lassie, como la de la serie para niños, pero menos inteligente. Aquel joven era algo afeminado, eso decían los mayores, yo había oído decir que era pajarito, aunque no sabía qué era aquello tan monstruoso; sólo sabía que no era bien mirado por la vecindad, y yo por si acaso, ni a su perra tocaba, no fuera a ser que me contagiase. Pero luego Héctor también se fue, a España, y se llevó a su perra. ¡Entonces sí que se hablaba de él con admiración! Un año más tarde, cuando vino de vacaciones, ya no era “Héctor el pajarito”; ahora era español, “gallego”, y por tanto bien recibido en el barrio.
Pero no era aquel el único pajarito que había en mi calle, había varios, todo un nido de pajaritos que, curiosamente, habían nacido y crecido con la Revolución. El nido estaba compuesto por Yuri, el del número 3, Tatín el del 5, y “Pepe el negrito”, un muchacho entrometido que vivía al doblar la esquina, pero que siempre estaba en el pasaje. Es curioso, más no raro, que los tres chicos se inclinasen por el baile. Cada año, cuando llegaba agosto, desempolvaban sus trajes de rumberos y se iban a bailar a las comparsas de los carnavales al clamor popular de “¡Ae, ae, ae la chambelona!” A mí me gustaba verlos disfrazados de rumberos, con los brazos llenos de vuelos de colores, arrollando en diagonal, en coreografías atrevidas de vueltas y paradas en seco, para luego retornar sobre sus pasos. El de las comparsas era un lento avance: un, dos, tres, pa’lante, un, dos, tres, pa’trás, entre la decisión y el arrepentimiento, pero siempre avanzando. A veces, cuando los chicos ensayaban sus pasillos en el portal de alguna casa, yo los imitaba, con esa facilidad que tienen los niños para imitar. Creo que así aprendí a bailar.
En el número tres vivía una familia "de color", como se decía para no ofender… Era una familia muy correcta, tan discreta y recogida que casi nunca daba de que hablar, excepto por “Yuri el pajarito”, un negrito amanerado como pocos. Milagros, su madre, era la reina de la casa, y del portal de la casa. Todas las tardes se sentaba allí a ver pasar la gente, una costumbre muy arraigada en los cubanos, la de socializar, y cómo no, chismear. También estaba Alaín a quien Milagros, su abuela, cuidaba. Alaín siempre fue un niño tímido, nunca nos relacionamos porque yo era un par de años menor que él, y quizás me encontraba muy fiñe para jugar conmigo, más bien prefería jugar con el chico de enfrente, el del número cuatro, “Yoyi” o Jorge, como en realidad se llamaba.
La familia del número cuatro estaba emparentada con la nuestra a través de mi tía, que se había casado con el hermano de Anisita, “la loca del barrio”, madre de Yoyi y de Danilda. Aquellos muchachos estaban de alguna manera afectados por la locura de su madre, y eso se notaba: Yoyi era muy introvertido, aunque decían que era bastante inteligente, yo nunca pude averiguarlo. Dany, por su parte, era una muchacha rebelde y fuerte a quien no le gustaba ponerse los zapatos, por eso correteaba descalza de un lado para otro, como si tal cosa, con un sol que quemaba el asfalto y expuesta a los vidrios de la calle.
Ninguno de los habitantes de esa casa consideraba la limpieza como algo importante, se rumoreaba que las sábanas tenían manchas de sangre, un tabú de los más grandes. La limpieza siempre ha sido el primer salto para alcanzar el cielo de los cubanos, y además, la escasez característica del período posrrevolucionario obligaba a cuidarlo todo mucho más, sino a saber cuándo se podrían reponer las cosas.
Anisita era venática y desaliñada, tenía un pelo rizado y canoso que nunca se preocupaba por arreglar, de forma que le caía en los ojos. Estaba gorda, pero en su gordura quedaban vestigios de la bella figura que debió tener de joven. Era una mujer muy culta, sin embargo desperdiciaba su cultura encerrada entre las cuatro paredes de su habitación, durmiendo o leyendo. Había estado casada con el padre de sus hijos, un fotógrafo, y ya para entonces estaba divorciada. Anisita era un misterio, uno de los misterios del pasaje, un sitio tan estrecho en el que no cabían los secretos. Otra ofensa para la vecindad: ¿cómo podía encerrarse de aquella manera y dar la espalda a los demás compañeros cederistas y revolucionarios? ¿Cómo se permitía tener un mundo propio dentro de aquel cuarto que, seguramente, estaba embrujado?
La tacharon de loca, porque su actitud realmente correspondía a la de una persona enferma, nunca le perdonaron la osadía de encerrarse, tenía que pagar un precio, y el coste para perdonarla fue la fabulación: se contaban historias, de casa en casa, sobre las cosas raras que hacía, que no se bañaba, que la casa olía mal, que no cocinaba para sus hijos… Historias que tenían una parte de verdad, y otra de mala intención (o buena, quién sabe lo que pasaba por la cabeza de los cubanos enajenados en su sueño de salvadores del mundo).
Ah, pero su hija Danilda sí que era simpática y dicharachera, no tenía complejos, se chupaba el dedo, no se ponía los zapatos, pero no le importaba. Siempre venía a mi casa a conversar con mis primas, que eran de su misma edad, adolescentes inconscientes e irresponsables, que solamente sabían hablar de sexo y de novios, y reírse. Yo las escuchaba a veces sin comprender muchas de las cosas que decían, pero creo que algo debió pegárseme, porque a mis escasos cinco años ya dibujaba hombres con un palito y dos bolitas entre las piernas y mi pobre gato plástico siempre tenía la cabeza al revés, del lado de la cola, aunque a lo mejor esto simplemente era una sana inquietud infantil.
En el número cinco vivía William, otro loco más, también vivían Maruca, su mujer, Tatín y Alberto, sus hijos, y por entonces venía mucho a quedarse Lucy, su hermana, con su esposo y Marianela, la hija de ésta. La historia de esa familia es más bien trágica: Lucy tenía cáncer de útero, y parecía que iba a morirse de un momento a otro, sus gritos de dolor se oían en todo el pasaje. Su hija, unos años mayor que yo, era tan joven y tan infeliz... Una tarde su madre, afectada seriamente por las telenovelas, o por la enfermedad, se dispuso a despedirse de todos, llamó uno a uno a su cuarto a los parientes y les dijo no sé qué, que todos salían llorando. Aquello era un espectáculo. Como siempre, la puerta de la calle permanecía abierta y todos los vecinos sabían lo que estaba sucediendo dentro de la casa, y los parientes lloraban, y los vecinos lloraban también, no tanto porque sintieran la muerte de Lucy, a la que apenas conocían, sino por contagio, por la herencia latina del melodrama.
A mí me daba pena con la niña, ni siquiera podíamos invitarla a jugar mis amigas y yo, sobrecogidas por la impresión: para nosotras era la primera vez que escuchábamos hablar de la muerte, y, al menos a mí, me parecía que se trataba de una peste contagiosa. Por otra parte no es un sentimiento propio de los niños la hipocresía ni la lástima, así que preferimos no involucrarnos, de todas formas Marianela no estaba para juegos, o quizás sí y nosotras no se lo ofrecimos, en todo caso ya no tiene solución.
Lucy se murió, y Marianela volvió a su casa con su padre, y Maruca, quien hacía años estaba separada de William, aprovechó para irse a vivir con su nieta, en definitiva sus dos hijos eran grandes, y sabían defenderse. Uno de ellos, Alberto, estaba becado en la escuela de maestros, y el otro, Tatín, integrante del “nido”, sabía más cosas de la vida que su propia madre.
El dueño de la casa, William,era un hombretón tosco y feo que llevaba, a mi entender, una doble vida: por lo general era un hombre tranquilo que arreglaba cosas y se pasaba los días en su pequeño taller desarmando objetos e inventado otros a partir de trastos que recogía por la calle. Con estos mismos trastos había decorado su casa como si fuese un barco, con un estilo algo kistch, pero con una originalidad incuestionable. La sala-comedor tenía las paredes forradas de madera oscura, con escotillas por donde salía la luz eléctrica, todo un suceso en el pasaje, si hubiese habido un premio a la decoración más original se lo hubiese llevado, sin lugar a dudas, William. Al fondo de la pequeña sala-comedor, había puesto una pequeña barra semicircular, con la particularidad de que debajo del mostrador había una gran pecera, la más grande y colorida que había visto yo a mis años, con bomba de oxígeno y todo. La pecera tenía una luz neón que la iluminaba de noche, y dentro había metido cristales de colores, piedrecitas, plantas, y unos peces estupendos que eran la envidia de mis amigas de enfrente que también practicaban aquel hobby.
Pero William era muchos personajes desconocidos a la vez. Actor de medio pelo, de cuando en cuando lo veíamos aparecer en los seriales de televisión haciendo de extra, solamente alguna que otra vez decía un bocadillo, algo así como: “ustedes por aquí, los otros por allá, y el resto, conmigo”. Para mí era un héroe, aunque casi siempre hiciera de matón (con aquella cara, no digo yo). Cada día veía “las aventuras” con la ilusión de verle aparecer, y si por casualidad salía, comenzaba a gritar a toda mi familia ¡Mira a William, mira a William! Hasta que venía corriendo alguien, a ver de qué se trataba. Era mi héroe infantil.
Frente a su casa vivía otra pareja de hermanos que era todo un enigma: Celina y Oscarito, al que a pesar de la edad le seguían diciendo el diminutivo. Era la casa número seis. Vivían encerrados a cal y canto: otra afrenta para los cederistas, y algo más raro aún, nunca se habían casado – y eso que tenían los dos una edad considerable-. La gente decía que “vivían juntos”, eufemismo que en el argot cubano significaba tener relaciones sexuales. Tal vez por eso eran muy callados, jamás se les veía conversar con los vecinos, su puerta siempre permanecía cerrada, salían y entraban de la casa con recelo, como si se sintiesen vigilados. ¿Tendrían algún motivo para sentirse así? Pues ahora que ha pasado el tiempo, pienso que sí que tenían y mucho, supongo que debieron ser muy infelices, fueran o no incestuosas sus relaciones, durmiesen juntos o separados, aquella intromisión en su privacidad no tenía lugar, ni pretexto. Debía ser muy duro no pertenecer a una sociedad igualitaria, salirse del esquema y ser marcado con una cruz. Había que estar muy asediado para no sucumbir al calor del mediodía cubano y vivir enclaustrado. No obstante, y como la doble moral estaba a la orden del día, Ricardito (sí, el propio Ricardito) era el presidente del CDR y desde sus ventanas entornadas vigilaban, él y su hermana cuanto sucedía en el pasaje, “los vigilantes vigilados” podría ser un buen título para esta parejita peculiar.
Luego veníamos nosotros, la casa de los muchos, una de las más ajetreadas de la cuadra, donde nací yo, para mi eterno orgullo. Era la número siete, y siete éramos los que la habitábamos, y creo que ese número permaneció casi constante hasta mucho más adelante. Siete éramos y no es que fuera una gran casa, al contrario, era pequeña y estrecha, pero siempre cupimos bien, al menos yo lo veo así. La casa imitaba el estilo americano, había sido diseñada para satisfacer las necesidades estéticas de una clase media-baja con ínfulas de grandeza, pero pobre presupuesto, de ahí que las paredes fuesen finas, el techo siempre tuviese problemas, y resultase algo incómoda la distribución, pero yo la encontraba encantadora.
Tenía a la entrada un portal que se alzaba unos dos metros sobre la calle, punto de mira estratégico para mi tía, y lugar de reuniones nocturnas o de conversaciones de portal a portal. El pórtico dividía la residencia por la mitad, con la puerta de la calle en el centro y al lado derecho un pequeño jardín del que cuidaba con afán mi tía Lorenza.
El jardín era como la casa, entrópico, muestra fehaciente de la anarquía que reinaba entre sus moradores, una anarquía resultante del calor, de la humedad, o de ambos, un gran relajo, en conclusiones. Mi tía, quien evidentemente no sabía nada de jardinería, se las había ingeniado para sembrar en él todo tipo de plantas, sin importarle la variedad ni el clima adecuado. Tampoco las podaba, o al menos no lo hacía con regularidad, por lo que las palmeritas llegaban hasta los cables de la electricidad, y sólo eran derribadas cuando algún vecino alarmado advertía del peligro de quedarnos sin corriente eléctrica por su culpa.
Cubría todo el jardín un césped fino como nunca más he vuelto a ver, o será que no he vuelto a observar la hierba tan de cerca. Era una hierba verde (no es broma) de un verde oscuro igual que el de las fotos de las revistas, un verde auténtico, de lluvia y de trópico. Siempre me gustó el jardín, aquel pequeño jardincito era todo un mundo para mí, un tupido bosque tropical que mi tía no me dejaba pisar, pues decía que le estropearía las plantas.
Luego estaba la sala, separada del comedor por un murete que servía de parabán contra las miradas indiscretas de los intrusos, sobre todo en lo concerniente a la comida, eterno punto álgido de los cubanos tras la revolución. La segunda función del muro era ornamental, allí se deleitaba mi tía colocando adornos de feria, y otros más lujosos que mi padre le traía de regalo en ocasión de sus viajes al extranjero. He hablado de mi padre y aún no lo he presentado, pues mi padre (para mí el hombre más importante de la tierra), era un joven y prometedor arquitecto que no tenía dónde vivir cuando se casó con mi madre, una bella periodista que vino a estudiar a la Universidad de la Habana desde Ciego de Ávila, su provincia natal y, como pasa casi siempre, se quedó a vivir en la capital. Como no tenían casa, se fueron a vivir a la de la hermana de mi madre, porque, como dice un popular refrán cubano “donde come uno, comen tres”, y se instalaron en la habitación más pequeña, un cuarto personal que, a juzgar por todo lo que tenía dentro, parecía un apartamento en sí mismo. Mi padre había puesto todo su ingenio arquitectónico en proveer a aquel minúsculo cuartucho de cuanto se pudiera meter en los pocos metros cuadrados de que disponíamos. En aquella estancia diminuta pasé yo los primeros y más felices años de mi vida.
Además de nosotros, en la casa vivían mi tía, a quien ya les he presentado, que era peluquera y tenía allí mismo, en el patio, su propio salón de belleza. Bueno, ni tan salón, ni tan de belleza, porque en realidad quienes iban a arreglarse allí eran las señoras maduritas del barrio, esas a quienes les gustaba más ir por chismorrear que por ver el resultado final de sus cabelleras. Casi nunca venían jóvenes a arreglarse, salvo, por supuesto, las del pasaje, pero esas no contaban porque eran como de la familia.
Por culpa de aquel negocio de mi tía, el patio de nuestra casa nunca estaba bonito, sino todo lo contrario, lleno de pomos, pelos, toallas pintadas de tintes sucesivos, en fin, todos los implementos de un salón, pero algo peores. El propio lavadero hacía las veces de lava-cabezas, donde se ponían las mujeres de frente para abajo en vez de boca-arriba, como debería ser. Las pobres, debían salir de allí con dolor de cuello cada vez que tenían que lavarse las cabezas de aquella incómoda manera. Ahora me pregunto por qué a mi tía no se le ocurrió nunca hacer un verdadero mueble para estas cuestiones, ya que se dedicaba a aquel trabajo...
También vivían en nuestra casi mansión mis primas Sisi y Yanet, adolescentes rellenitas y alborotosas que sólo sabían comer y bailar, y que siempre peleaban entre ellas. Yanet, la mayor, tenía un mal carácter pronunciado, gritaba por cualquier bobería, era egoísta, en fin, un dechado de virtudes, y aunque con el tiempo se fue dulcificando, en aquella época tenía a su hermana Sisi dominada.
Sisi era tan dulce como gorda, una chica siempre sonriente que exhibía su gordura sin complejos. Juguetona y ocurrente, tenía una voz de pito que, junto con sus libras de más era su característica más pronunciada. Lo malo de Sisita, como le decía mi mamá, era que de tan juguetona, se le ocurrió jugar con fuego, y se quemó. Siendo apenas una adolescente se le ocurrió experimentar el sexo con otro párvulo como ella, y quedó en estado. Apenas tenía catorce años, sino fue un récord, al menos sí un buen average, pero era tan gordita e infantil que nadie, ni ella misma, se dio cuenta hasta que ya tenía cerca de los ocho meses. Aunque parezca imposible sucedió así, y nadie se percató de su barriga.
Fue su madre, mi tía Loren, quien se llevó la sorpresa: en una visita al médico, por un supuesto malestar de su hija, se enteró de la noticia del embarazo y entonces ardió Troya.
Yo en aquella época no tenía uso de razón, apenas si tendría cinco años, pero recuerdo muy bien la que se armó en mi casa: mi tía discutía con mi prima, mi madre trataba de persuadir a su hermana porque ésta estaba hecha una fiera, mi prima lloraba por los rincones de la casa, y entre tanto los vecinos cuchicheaban, me imagino lo que dirían. Aquello era atroz, se estaban cumpliendo dos de los pasajes más sórdidos del catálogo de prejuicios sociales cubanos, a saber: embarazo precoz y futura madre soltera. Aquellos tabúes no se habían ido con la Revolución, estaban demasiado arraigados en la sociedad, sobre todo en la gente de campo, como mi familia.
En un lapso de tiempo breve aparecieron ropas de bebé, una cuna, un escaparate pequeño, un coche, y un sinnúmero de artículos infantiles, en su mayoría donados por parientes y vecinos conmovidos por la situación. Mi prima pasó de la noche a la mañana de ser una niña risueña que aún correteaba en la calle con los chicos, a ser una señorita triste y avergonzada de su proceder. Decían los vecinos que justo una semana antes la había visto jugando al “burrito veintiuno”, un juego infantil nada delicado, pero en un abrir y cerrar de ojos su niñez se veía amenazaba por aquel embarazo inesperado.
“Llegaba con un hambre de la escuela, me decía: mami, prepárame algo de comer, que tengo tremendo hueco en el estómago” – contaría luego mi tía cuando ya la nieta había nacido para regocijo de toda la familia, sobre todo de ella, que se hizo cargo de la nieta, a la que crió como a otra más de sus hijas ¿qué otra cosa iba a hacer? Sisi, la pobre, con catorce años no sabía ni lavarse la ropa, y además estaba estudiando. ¿Iba a obligarla a dejar los estudios, cercenar su vida de aquella manera? Y aunque al principio en el pasaje todos comentaban acerca del temprano embarazo, pronto el tema dejó de ser la comidilla del barrio y fue olvidado, como tantos otros.
Todavía recuerdo el día en que llegó Sisi del hospital con la niña en brazos, eso sí que lo recuerdo bien por la impresión que me causó. Venían en un taxi, ella y mi tía Loren. No bien se arrimó el taxi a la acera se hizo mutis en la sala, donde esperábamos varios familiares y vecinos. Se abrió un silencio sólo precedido por los avisos de ¡ya vienen! y la onomatopeya característica para mandar a callar a los presentes. Parecía un acto solemne. Como en los recibimientos oficiales, la comitiva salió al portal, todos nos apiñábamos para ver a las recién llegadas. Sisi venía con la cabeza muy baja, y yo no entendía nada de lo que pasaba, traía a la niña en brazos pero no sabía ni cargarla, la pobre. Al llegar al portal, mi madre que estaba esperando, la abrazó, y comenzaron a llorar, yo seguía sin entender. En días anteriores mis padres se habían encargado de explicarme que mi prima daría a luz un bebé, y que tendría una nueva primita, pero nunca me habían dicho que aquello fuera malo, por eso no comprendía la causa de tanto lamento.
Uno de pequeño tiene ideas infundadas sobre el origen de las cosas, ideas inverosímiles pero llenas de imaginación. Yo tenía una teoría sobre el nacimiento de las personas y el paritorio de mi prima vino a corroborármela: los hombres daban a luz a los niños y las mujeres a las niñas, y además era cosa fácil, al menos Sisi había dado a luz en cuestión de una semana. Pero volviendo al día en que llegó al barrio Rebeca, aquella ceremonia parecía más un funeral que otra cosa, definitivamente aquello no me encajaba en la idea que me habían dado de lo que era el nacimiento de un niño.
Por suerte con el tiempo todo se fue simplificando; la niña se quedó en la casa como si siempre hubiera estado allí, entre todos la cuidábamos, y mi prima pudo continuar sus estudios de maestra, sin perder ni un curso.
Aunque no lo haya mentado aún, mi tía estaba casada en segundas nupcias con Osvaldito, el hermano de Anisita, para mí “Apa”. Apa era camionero, y a pesar de su aspecto tosco de casi dos metros de estatura y más de doscientas libras de peso, le encantaban los niños y tenía mucha gracia para lidiar con ellos. Al igual que su hermana, padecía de cambios de humor y se deprimía por épocas en las que solamente dormía y dormía encerrado en su cuarto. No obstante era una persona maravillosa, siempre jugaba conmigo, retozábamos o se disfrazaba para hacerme reír. Mi tía siempre le decía: “pareces un muchacho” y no perdía la ocasión de regañarlo.
Apa me iba a recoger al círculo infantil algunas veces y me llevaba en su gran camión hasta la casa, y otras me daba una vuelta porque yo se lo pedía, era tan alto aquel aparato, las cosas se veían mejor desde allá arriba. Incluso una vez me subí a la cama (la parte de atrás), donde transportaba las revistas, y caminé por encima de ellas, era una sensación como de vértigo, de grandeza. Esto horrorizaba a Balbina, una anciana muy remilgada que vivía al lado nuestro, quien le decía a mi mamá que no le dejase a Osvaldito saludarme con aquella barba, porque me rasparía, y tampoco cuando había llegado del trabajo, porque venía sucio. Si me hubiesen dado a escoger, prefiero los anticuerpos que tengo hoy a perderme los retozos con mi segundo papá.
Frente a nuestra casa vivían personas “de color”. No era una familia como tal, más bien eran parientes lejanos. El tronco estaba compuesto por Yeya y Eusebio, un matrimonio mayor. Él era carpintero y ella, ama de casa, como tantas mujeres cubanas. De esa casa lo que recuerdo con más claridad era el olor, un olor rancio, extraño, que provenía de la habitación delantera donde estaban recluidas dos ancianas que ya no podían valerse por sí mismas. Aquel hedor era una mezcla de orina y sudor fuerte, algo de verdad repelente, era el olor de la vejez, supongo, de la muerte, algo muy desagradable sin lugar a dudas. Sin embargo no podía decirse que aquellas personas no fuesen decentes, pero como ya he dicho, el asunto de la limpieza es algo fundamental para los cubanos. No es que los cubanos sean más limpios que el resto de los habitantes del planeta, pero las circunstancias: la carencia posrrevolucionaria de productos de limpieza y aseo personal, unido al clima húmedo y caluroso obligaban a cuidar en grado extremo la higiene, so pena de ser tachado de persona non grata.
También vivían en aquella casa Ana e Hipólito, un matrimonio joven con problemas de vivienda, que por ese motivo compartían techo con aquellos parientes lejanos. Al igual que nosotros, Ana e Hipólito ocupaban la habitación pequeña, con baño dentro, y entre aquellas cuatro paredes se habían construido su mundo con todo lo que necesitaban para vivir. A diferencia de la mía, donde éramos muy bien llevados (las más de las veces), en casa de Yeya se respiraba un ambiente de cuartel: cada uno vivía recogido dentro de su respectivo cuarto y los lugares de uso común estaban abandonados a su suerte, derruidos, malolientes y oscuros. De toda la casa solamente se salvaba el cuarto de la joven pareja, que Ana mantenía pulcro y ordenado. Ana era una mujer escultural, una “criollita”, nombre que se da en Cuba a las féminas con cintura estrecha y generosas caderas, muslos y piernas. Hipólito en cambio era un recio negro de facciones finas, y sonrisa perfecta. Ambos eran resultado de la mezcla de razas, un bello resultado, él, marinero de profesión, no hacía honor al estereotipo de los marineros, su único amor era Ana, su puerto favorito.
En el número nueve, justo a lado nuestro, vivían Nena y Eulogio, con los padres de ésta: Balbina y Tomás. Nena y Eulogio vendrían a ser mis padrinos si yo hubiese estado bautizada, no tenían hijos por algún motivo que nunca pregunté, pero en aquel entonces me tenían a mí, y aprovechaban los ratos en que mi mamá trabajaba y no tenía quien me cuidase para raptarme y llenarme de atenciones. Todos en aquella casa eran católicos, apostólicos y romanos, siempre antes de irme, me obligaban a ir donde Balbina, una anciana refunfuñona que me imponía respeto, por no decir pavor, para pedirle la bendición, yo que ni sabía qué cosa era aquello. Si bien Nena y Eulogio eran atentos y cariñosos conmigo, su madre, no sé si por delirio senil, o por acidez natural era un monstruo, mi primer “coco”, tanto, que a veces me amenazaban con traerme a Balbina para que me comiese la comida. Lo cierto es que cuando me daba la bendición, yo sentía como si me estuviese maldiciendo, o quizás era el miedo que le tenía. En ocasiones, y eso que yo nunca fui revoltosa, sino más bien tranquila, la adorable señora sin más acá ni más allá decía en voz alta, de manera que yo la pudiese oír: “Nena, ¿y cuándo se va a ir esa niña para su casa?” La pobre, ahora creo que estaba senil, quizás era ella la que me temía, claro, yo con aquellas manitas que lo tocaban todo, con aquellos ojos que escrutaban sus altares, y mi bocaza indiscreta preguntando qué eran esos muñequitos, manifestando una irreverencia total ante sus dioses y sus “bendiciones”, debía traerla loca, a la pobre señora.
Pero de pronto la familia comenzó a extinguirse, sin preámbulos, como si le hubiera caído un maleficio. Primero fue Tomás quien se fue al cielo, el viejito de acento gallego y boina roja, luego fue Balbina, mi ogra, de modo que quedaron Nena y Eulogio más solos que antes y sin hijos. Años más tarde fue Eulogio quien se fue a vivir con los angelitos, y esa muerte sí que la sentí como si fuera la de un familiar cercano, pero ya para entonces era adolescente y la afronté con la inconsciencia típica de esa etapa. Para ser franca a veces pienso que me protege, pues aunque me considere atea nunca he desechado esa hipótesis romántica.
Todavía recuerdo cómo me sentaba en los sillones de su portal con los dos, Nena y Eulogio a contar las estrellas, y a escuchar los cuentos de aquel hombre tierno, sobre las cosas que hacía Dios allá arriba en el cielo: que si cuando abría la llave del agua, entonces llovía aquí abajo en la tierra, que si se ponía bravo, se escuchaban los truenos y relámpagos, que cuando encendía la luz se hacía de día y cuando la apagaba, oscurecía, y otra serie de enseñanzas bienintencionadas e inocentes, que, como más tarde comprobaría, no tenían nada de ciertas y que sólo se justificaban como sano divertimento para mi imaginación infantil.
Nena me enseñó mis primeras nociones de cocina, con su sentido común supuso que me haría falta en el futuro un poco de dominio de estas artes. Me mintió diciéndome que había sido ella quien había enseñado a cocinar a Nitza Villapol, la conductora de un espacio televisivo muy popular que ponían los domingos por las mañanas y que se llamaba “Cocina al minuto”. Yo le creí, y no sólo le creí, sino que lo repetía entre mis amigas de la escuela como una verdad absoluta e indiscutible. No obstante sus lecciones no tenían nada que envidiarle a las televisivas, y además, eran personalizadas. Ella era Nitza y yo Margot, la silenciosa ayudante de ésta. A propósito de “Cocina al minuto”, años después el espacio pasó de ser un programa a ser un problema, y tuvieron que sacarlo del aire, por la escasez de alimentos que acompañó al “Período Especial”, la crisis más severa que ha afrontado jamás el país, consecuencia directa del derrumbe del campo socialista.
Todavía si cierro los ojos puedo ver a Nitza cocinando en su preciosa cocina de lujo un sabroso dulce de tomate, o bistec de toronja, que se hicieron tan populares cuando llegó el Período Especial y ya no había ni qué inventar; pobre Nitza, después del esplendor y el caché que tenía su espacio fundado antes del triunfo de la Revolución, (cuando desapareció, su programa llevaba más de cuarenta años en el aire, casi un récord Guiness), y la pobre haciendo de tripas corazón para inventar un plato decente a base de picadillo de soya (o soya picada, con más toxinas que un pez venenoso y un sabor que nada tenía que ver con la carne), recomendando hervir el picadillo y botarle el agua por lo menos tres veces antes de sazonarlo para que supiera a picadillo, mejor dicho, para que no supiera a soya -que sabe a rayo encendido, por mucho que a los naturistas les haya dado por consumirla como si fuera la panacea- sino, al menos, a la sazón que uno le pusiera. Un espectáculo penoso.
Pero Nena no cocinaba ajiacos ni aquellas cosas decadentes que se pusieron de moda con el período especial; no sé cómo pero se las arreglaba para tener siempre un plato de comida decente que brindarme cuando iba a su casa, y postre (oh, adorado postre) que en mi casa devoraban sin compasión mis primas, y que yo ni por asomo alcanzaba, a no ser que pusieran la prohibición explícita, o lo escondiesen -aunque después de nacer Rebeca, ya los privilegios no eran para mí, sino, como decía mi tía “para la niña” como si yo estuviese pintada en la pared-. En fin, que cuando llegaba a casa de Nena, ella ya conocía mis gustos y me brindaba alguna chuchería que me tenía guardada; casi siempre eran cosas que no se encontraban fácilmente, o productos de la “Bodega” que ella transformaba en platos deliciosos, dignos de la alta cocina cubana. No me pregunten de dónde sacaba los ingredientes, eso es pedir demasiado, aunque a lo mejor su herencia española daba ese toque mágico a su gastronomía.
Quizás sirva de algo aclarar que Nena era costurera, y según decían, carera. Recuerdo que me hizo dos o tres prendas, pero decía mi mamá que no perdonaba, ni por ser a mí -en Cuba los españoles tenían fama de tacaños, quizás en este caso la austeridad europea chocaba con el carácter desprendido de los cubanos-. También era dada a ir a la iglesia, territorio prohibido, no explícitamente, pero era un secreto a voces lo de que los “compañeros socialistas” no debíamos asistir a misa. La iglesia siempre fue un tabú en la Cuba de después de los sesenta, se comentaba que tenía relación directa con las mafias anticastristas y además, el ideal en el que se basó todo el argumento de la Revolución, una vez que triunfó, fue la doctrina marxista-leninista, que negaba la existencia de Dios.
Nena se saltaba esas prohibiciones tácitas: ¿cómo iba a renunciar a su iglesia a la que tantos años había asistido fiel y devotamente? No, ella no aspiraba al modelo de hombre nuevo, y supongo (más bien es una certeza) que en su fuero interno desdeñaba todas aquellas ideas extremistas y descabelladas. Ella creía en los verdaderos valores: el trabajo, el amor a la familia, y cómo no, la limpieza, en ese aspecto era digna representante de las mujeres cubanas.
Frente a la casa de Nena, en el número diez, vivía mi mejor amiga de infancia, Aimée. Era una familia aburguesada, a juzgar por sus maneras, eran muy educados, eso en aquella época era una rareza, como si hubiera que ser, por regla, escandalosos, maleducados, chismosos, oportunistas, envidiosos, el modelo que hombre nuevo que estaba forjando sin querer la Revolución. Pero esta familia era honorable como pocas, religiosa -católica, por supuesto, las religiones afrocubanas eran patrimonio de las personas de baja extracción y esta gente además de ser blancos-blancos, cosa que en Cuba tiene una trascendencia inimaginable, eran, o habían sido, de buena posición-.
Las dos niñas, Aimée y Alina eran mis amigas del barrio. Yo siempre quise que mi familia fuera así, organizada, cuidadosa, pero en mi casa éramos muchos como para, encima, tener orden. No sé si por eso mismo yo siempre iba a jugar a casa de Aimée y me pasaba las horas disfrutando de la paz y el equilibrio de una casa de verdad, como las de los cuentos infantiles, con madre siempre presente y abuela regañona, y juguetes de verdad “de afuera”, que les traía su padre, que era traductor multilingüe y viajaba al extranjero.
La madre, Maritza, era una mujer dulce como pocas he visto en mi vida, y el padre, Carlos, siempre andaba tan serio que imponía respeto, pero también era buena persona, la abuela materna de las niñas también vivía con ellos, Cuquita le decían, aunque no recuerdo el nombre exacto, y Cuquita pertenecía a la vieja guardia: religiosa, recalcitrante y regañona, tres R que la hacían a mis ojos peligrosa. La evitaba a toda costa.
Sólo me resta añadir al pasaje dos o tres personajes que, aunque no vivían físicamente en él, siempre estaban dando vueltas, y tienen mucho que contar. La primera, coronando el pasaje: Magdalena, una negrona que hacía honor a su nombre. Magdalena era gorda y lasciva. Enfermera de profesión, era difícil imaginarla cuidando a sus pacientes mientras sus hijas crecían salvajes, como en la jungla. Podría decirse que Magdalena provenía de una de las tribus africanas de mujeres exuberantes, de grandes pechos y carnes en abundancia. Tenían que ser sus genes, puesto que la alimentación no daba para tanto, y esta mujer era de veras gruesa y grande. Su patio, o mejor dicho, un extremo de su patio daba al pasaje, justamente a la casa de Nena y Eulogio, mis vecinos, y siempre se la podía ver en sus ratos libres parada en el patio de su casa -luego descubrí que encima de unos ladrillos para poder ver mejor- contemplando por encima del muro, alto de por sí, el movimiento del pasaje, conversando a gritos con los vecinos que invariablemente estaban sentados en sus portales, o riéndose a carcajadas estruendosas de los acontecimientos. Tenía una risa fácil, burlona, y cuando reía podía vérsele hasta la campanilla, sobre todo aquellos dientes blancos por los que seguramente habrían pagado una buena suma en tiempos de la esclavitud. Tenía un marido conocido: Pupi, que era dentista y como tal había viajado a no sé cual país de África como parte de una de las misiones “internacionalistas” que estaban muy de moda en aquellos tiempos. Para ser un verdadero revolucionario había que estar dispuesto a ir a prestar ayuda a otros pueblos, aún cuando esa ayuda no fuera otra cosa que exportar guerra, como en el caso de Angola. Pero volviendo a Magdalena y Pupi, eran una pareja explosiva; sus peleas eran sonadas en todo el barrio. Él era el padre de sus dos hijas menores, aunque más bien era un personaje ausente, venía, le hacía la barriga, y volví a irse para donde fuera que estaba en África, dejándole de paso dos o tres productos exóticos que todo el barrio se apuraba a admirar, sí, porque ya Magdalena no era una negra cualquiera, era una negra con efectos electrodomésticos, tan raros en la Cuba de los ochenta como los OVNIS.
Otro de los personajes que siempre estaba metido en el pasaje era “Pepe el negrito” a quien ya cité antes pues formaba parte del “nido”. Pepe era lengüilargo y metomentodo, como ya dije, y tenía un comportamiento amanerado que, con el paso de los años, se transformó en homosexualidad. Se había ido por “el otro bando” como se decía con recato. Pepe era amigo de mis primas, por ese motivo siempre estaba metido en mi casa, en el portal, conversando de las cosas más intrascendentes, riéndose y armando bulla. Con el tiempo se hizo “santero” y andaba por la calle vestido de blanco y con gorra, tratando de infundir respeto con sus vaticinios, pero todos lo conocían y lo apreciaban (lo habían visto crecer) así que le resultaba difícil encontrar seguidores en el barrio, más bien encontró simpatizantes, pero el pasaje nunca se caracterizó por ser cuna del folclor afrocubano.
Sólo me queda mencionar a Xiomara, otro personaje que siempre estaba metida en mi casa, decía mi tía que era lesbiana, pero nunca lo supe con exactitud, sí sabía que era fea con ganas y que no se arreglaba mucho. Flaca y desgarbada, rubia y blancuzca, y de ojos saltones, parecía más bien una caricatura que una mujer, aunque siempre me cayó bien: no se metía en nada, no era escandalosa, ni maleducada, sino más bien tranquila, de temperamento flemático. En aquella época si los hombres homosexuales eran mal mirados, las mujeres, un poco más y eran linchadas en plena calle. Las personas de bien evitaban relacionarse con este tipo de “gentuza”. Sin embargo mi tío, Osvaldito, el marido de mi tía Loren tenía una fuerte amistad con Xiomara y en casa la tratábamos como si fuera de la familia.
También estaba Yiya, la bruja -en todo universo infantil tiene que existir una bruja- ésta era la nuestra. Yiya era una anciana desdentada y harapienta que vivía al doblar la esquina y padecía de locura senil. Su casa era la típica casa de una bruja: oscura, sucia y misteriosa, yo no me hubiera atrevido a entrar en ella jamás. Vivía con un hijo ya bastante adulto que -a juzgar por lo que decían- era buena persona. Se llamaba Victoriano y era plomero, pero no creo que, viviendo en una casa así con aquella madre, anduviese muy bien de la cabeza.
En nuestra aventura infantil Yiya era la mala perfecta, sólo le faltaba la escoba para perseguirnos y hacernos sopa, y su comportamiento daba mucho de qué hablar, siempre andaba husmeando en los latones de basura, con dos o tres perros al retortero, rumiando su amargura por las calles, hablando sola o con sus animales, cuando no le tiraba piedras a quienes la importunaban. Nosotras éramos de aquel grupo de provocadores que no dejaba en paz a la anciana, cuando pasaba por el pasaje le gritábamos “Yiya matraquilla-come-pan-con mantequilla” y salíamos corriendo, o nos escondíamos detrás de las ventanas.
Pero aún nosotras, con aquel comportamiento irrespetuoso, no éramos quienes más la molestábamos, otros chicos de la zona, mayores y maleducados, le decían apodos, le lanzaban cosas, la rodeaban y le tiraban de las ropas harapientas, o molestaban a sus perros. Pobre anciana, cuánta crueldad había en aquel inocente juego infantil, una crueldad aprendida, pasada de boca en boca, como los mitos.
Continuará...
miércoles, 6 de febrero de 2008
El Isleño reportando desde la pre-feria del libro
.jpg)
.jpg)
.jpg)
Hola a todos.
A propósito de este post de Ivis (el anterior), creo que esto que les comentaré es casi un adelanto a su reportaje habanero (claro que a nivel de socio, sin copyright, ni copyleft y ni siquiera canon digital).
No sé si habrán leído que hoy comenzó una "avanzada" de la Feria del Libro en todas las librerías de Ciudad de La Habana... Pues ya hoy estuve casi dos horas en varias colas de esas que eran de esperarse en este tipo de eventos.
Como todos sabemos, los cubanos nos "ponemos" para los eventos como si fuera la feria agropecuaria de la Plaza de la Revolución de los fines de mes: pasé por 3 o 4 librerías en la mañana y el mediodía de hoy y en todas habían colas y de esas que caminan lentísimo porque nuestras librerías son pobres tecnológica y organizativamente, pero no pueden vender sin vale (en todas había un trabajador social que era quien controlaba la entrada de la cola y los tiques de los libros comprados, a la salida), no saben lo que son los scanners, los códigos de barra y ni soñar con cajas del tipo de "10 libros o menos" :-)
Pero tengo que reconocer que salí literalmente cargado, para mi propio disfrute y el de una pila de socios y socias de los que no se pueden dar un brinquito al barrio como Ivis: he comprado 3 o 4 buenas novelas, varios libros de poesía, muchísmos infantiles (hasta Juan Padrón sacó en versión novela su "Elpido Valdés contra Dólar y Cañón", ¿recuerdan el dibujo animado?) que tengo prole pendiente de ellos y, además, es una forma que regalar algo diferente a los hijos de todos mis amigos que están cumpliendo "misiones internacionalistas"...
Resumiendo, invertí casi 3 horas en darme el gustazo de poder comprar casi todo lo que ansiaba el mismo primer día de la "no feria". Me quedan varios títulos que he estado buscando y aún pendientes en este momento como la última novela de Padura (una biografía novelada sobre los últimso años de Trotski: El hombre que amaba los perros) y la última de Senel Paz (En el cielo con diamantes), pero me dijeron las dependientes que esperan nuevos libros la semana próxima (y es que se adelantaron muchísmo!!!, aún falta una semana entera para la inauguración oficial de la Feria en la Cabaña).
Pero ya de esas y otras anecdotas habaneras les puede escribir Ivis personalmente, que tiene mucha más gracia y mejor estilo narrativo que este isleño metido de fresco a "corresponsal" improvisado.
martes, 5 de febrero de 2008
Reflexiones a punto de irme para Cuba
hoy es mi día
voy a alegrar toda el alma mía"
Señores, sí, como lo leen. ¡Me voy pa Cuba! (De vacaciones).
No voy a decir que llevo tantos años esperando este momento porque mentiría: fui el año pasado. Pero siempre se espera y se desea como un nuevo parto.
¿Qué me esperará? ¿Cómo estará la familia, los amigos? ¿Qué cosas habrán cambiado bajo esa superficie inmutable? ¿Estará mejor o peor "la cosa"? Bueno, esto último es como preguntar de qué color es el caballo blanco de Maceo.
¿A quién me encontraré? La última vez me resultó curioso y agradable encontrarme a gente de la infancia, de la primaria, del pre... y yo que pensaba que ya casi no me quedaba gente porque muchos de mis amigos y familia están fuera como yo.
No quiero "ponerles los dientes largos", como dicen por aquí, pero les cuento que esta vez además del inmenso placer de ver a mi familia, tengo dos acicates importantísimos. Uno: la feria del libro. Ya el año pasado estuve, incluso leí mis poemas en La tribu de la palabra, donde me colé gracias a un buen amigo, pues no estaba anunciada. Este año no creo que tenga esa suerte, y además, no tengo nada nuevo que decir. Prefiero observar lo que se cuece, grabar todo lo grabable, ya verán a mi vuelta los videos en el blog de Literarte.
No sé si ustedes estarán de acuerdo conmigo, pero las ferias de Cuba, sean de lo que sean, son más fiestas que ferias. La gente va pa tomarse una cervecita y "especular" (como no hay más ná), ver a otra gente y hacer colas: para la comida, para los libros... Pero bueno, no quiero criticar que bastantes colas que hice yo (y haría de nuevo si pudiera regresar y ese fuera el único inconveniente). Decía que las ferias -del libro, de arte, cualquiera de ellas- se vuelven una fiesta en Cuba. El año pasado nos cogió la noche regresando de la Cabaña y daba gusto caminar entre el alborozo de los jóvenes que cantaban a coro. Todo el mundo hablaba, reía, se contaban chistes... ¡qué maravilla! Es ahí cuando a uno le dan deseos de salir corriendo para allá, cuando comparas este silencio, este orden excesivo, sin sorpresas, del mundo occidental con el caos absoluto de la isla.
La Feria del Libro que este año está dedicada a Galicia, tierra de mis antepasados, de la Amiga atlántica, de otros amigos que he ido conociendo a lo largo de mi viaje. 45 escritores gallegos estarán por allá, hablando con su acento bonito. Yo trataré de no perder detalle, lo cual, como se sabe, es difícil en un evento tan grande, pero ya les mandaré o les colgaré luego mis reportajes desde allá.
El otro incentivo es el Festival Jazz Plaza, que se estará celebrando entre los días 14 y 17 de febrero (allá nunca pasa nada, pero cuando pasa, coincide, qué casualidad). Voy a procurar ver todos los conciertos que pueda. Serán días arduos, lo sé, pero será un placer estar de un lado para otro, en mi salsa, sí, me encanta la farándula, no lo voy a negar, y si es en Cuba, más, allí disfruto mucho más de todo. Recuerdo hace un par de años que estuve en un concierto de Liuba María Hevia y estaba tan relajada luego de varios días de compromisos, acababa de llegar y aún no me encontraba en mi piel, que en una canción triste empecé a llorar como una niña. No me lo creía: estaba en el Nacional, que era como mi casa porque durante un tiempo no perdía ni una función, ya fuese en La Avellaneda, la Covarrubias, el Café cantante (las tardes de los jueves con los Tres dela Habana), el piano bar de arriba, aunque menos, y ahí estaba yo, en medio del concierto llorando lágrima viva. Un exorcismo, sí, y también lloraba de sentimiento, de sentirme de nuevo en casa, de pensar cómo siendo aquello tan bueno, tan barato: estar con amigos, en un concierto, con un tiempo marvilloso... yo había venido a parar a casa de la yuca, ¿pa qué? me preguntaba. Bueno, eso ya son explicaciones racionales, pero en aquel momento yo era pura fibra, la voz angelical de Liuba me había virado al revés y andaba yo con las tripas por fuera. Fue un concierto inolvidable.
Pero bueno, cambio de tema, que enseguida me pongo nostálgica, voy a volverme tan almibarada que van a terminar por aborrecerme. Decía que iré al festival de jazz, a todos los conciertos que pueda. Es cierto que ya el Jazz Plaza no es lo que fue, lo que era, ha perdido brillo, como han perdido brillo todas las cosas en ese medio donde todo lo que destaca al momento es absorbido por un agujero negro, quizás las salas de concierto de Miami y España se hayan enriquecido con la música cubana, o las discotecas de Can Cún, o Nueva York bailen al ritmo de los mejores músicos cubanos, pero lo que es allá casi todo ahora mismo jóvenes promesas (todavía no curtidas en las lides musicales) y algunas vacas sagradas como Chucho, Síntesis, etc. Y claro, están los que no se van, que sus razones tendrán, y respetables. Atrás quedan los tiempos del Festival de Varadero, del glamour de las divas del bolero, del Gato Tuerto (de verdad), tiempos que, por cierto, yo no viví porque era muy joven, pero me cuentan que eso sí era descarga y swing.
Ahora queda el mito, ah, los mitos, qué buenos son, sirven para dormirse en los laureles, para vivir de rentas. Y por eso Cuba sigue atrayendo a músicos de todo el mundo, también, por qué negarlo, no hay plaza en el mundo tan ávida de novedades y con esa cultura (ya caímos en el chovinismo), pero eso ya lo hemos discutido y estamos de acuerdo en que por H o por B, el caso es que la gente está ávida y abierta a todo lo que llega de fuera.
Entonces pues ya saben, me voy echando un pie. Intentaré postear desde allá alguna cosita si encuentro Internet a una velocidad decente. Ya saben que es difícil.
Por lo demás, cámara en mano, los tenis de caminar y muchas, muchas ganas.
No me voy todavía, es posible que aún los martirice con alguna cosita.
Un besón.
lunes, 4 de febrero de 2008
A un tipo que me miró a los ojos
eres más bien feo, pero esas cosas a mí no me importan demasiado
siempre que seas limpio y buenagente...
Tampoco es porque leas poesía
con esa voz melosa y engolada
ese aire teatral y esa camisa suelta.
El disfraz de bohemio no me cala
hace ya mucho tiempo.
¿Que sabes de la vida y de las cosas
porque has leído libros?
¿Qué sabes de la vida y de las cosas?
Siento herirte en tu orgullo intelectual
a mí me gustan cosas más mundanas:
el tamaño de pie
el grueso de los labios
las narices que sepan dilatarse sin vergüenza...
Sobre todo me pierden las miradas
una mirada firme,
desvergonzada, ilógica y hambrienta.
Serena en su reclamo,
de buena educación,
porque las prisas son para las bestias.
Una mirada así tan de voyeur
es un objeto de culto equiparable
a un pelo (original) de Marylin
o un diente de fidel.
La he archivado muy bien para estudiarla
me ayudará a sostener mi teoría
de que en esta tierra de pudores,
en este primer mundo hipnotizado
aún quedan hombres lobos
que no temen morir de una descarga.
Galicia, invitada de honor a la Feria del Libro de La Habana
La cultura gallega será la invitada en la Feria Internacional del Libro de la Habana, que comenzará el próximo 13 de febrero y que acogerá más de 200 actividades literarias, artísticas y académicas protagonizadas por escritores, historiadores, editores, músicos y artistas gallegos.
Más de 45 escritores gallegos viajarán a la isla para la ocasión, que tendrá, entre sus principales atractivos, un recital de jazz mezclado con poemas de Rosalía de Castro, un concierto que fusionará ritmos cubanos y gallegos y una función única con la gaita de Carlos Núñez guiando a la Real Filarmónica de Galicia. El programa se completa con once exposiciones salpicadas por La Habana a las que se suman diez publicaciones creadas 'ex profeso' para el evento y un centenar de actos con la presencia de más de 40 escritores.
domingo, 3 de febrero de 2008
Uno de Betty
Es el cuento de una conversación de no más de 10 minutos que tuve en la Habana, hará seis o siete años, a juzgar por la edad de mi hija. No tiene nada de especial, pero me puso a reflexionar entonces sobre eso que llaman “deterioro de los valores” en la Cuba actual. La escena de tal conversación: el lobby de entrada de una de las sociedades culturales españolas de la Habana. Un grupo de madres esperábamos a las niñas, como siempre, a la salida de las clases de baile español.
Esa espera reunía a madres y abuelas de diferentes edades, ocupaciones e intereses. Era una mezcla obligada en los bancos de una entrada pequeña, que duraba alrededor de una hora, las mismas tres veces cada semana, en la que los temas eran tan variados como las interlocutoras centro habaneras: las mamis “barrioteras” que salían a fumar y a hablar con los de la esquina, las amigas de la “profe” que siempre tenían “la última”, las abuelitas tradicionales, socias fundadoras de allí, las mamis “faranduleras” que ya habían dado clases de eso mismo y confiaban en que la niña saliera por fin bailarina… en fin, de todo como en botica, además de las mamis “sin-tiempo” como yo que llegaban corriendo, tarde casi siempre con la chiquilla a rastras, con algo para leer y locas por llegar a la casa soltar la cartera después del largo día de trabajo.
Temas de conversación había recurrentes, el último andancio, si el arroz del mes salió más o menos partido que el anterior, las plazas para preescolar en las escuelas cercanas para el curso próximo, donde conseguir la saya del uniforme (por Obispo), la viejita que hacía los trajes de baile baratos y el señor de los zapatos por Águila.
Sin embargo, una de esas tardes me comentaba una de las mamás, operaria de la línea de fabricación de una fábrica de sandalias al Este de la Habana “…Estoy “erizá” porque a la niña le está cayendo el catarro alérgico malo ese y la estoy “bombardeando” a ver si no le entra, porque no me puedo dar el lujo de faltar al trabajo…” Entonces, creyendo yo que tendría uno de esos “planes de estimulación” en los que te dan una jaba con artículos de aseo y algo de comida si asistes todos los días y cumples el trabajo, le pregunté “¿Y eso, es que pierdes la estimulación?....” Ilusa yo, ingenua la pregunta, aquella muchacha que apenas conocía me espetó con total naturalidad: “Que va, mi´ja!...que estimulación de qué??? Es que si no voy no “saco” el par de sandalias… y yo me llevo un par más o menos cada quince días…de eso vivo, y si no voy al trabajo no “resuelvo”…
Yo estaba un poco “movida” ante tal desparpajo y franqueza (no es que yo sea lunática por supuesto, ese es el día-a-día de mucha gente, la lucha como decimos, pero estaba hablando ella con una desconocida). Y le decía yo “Pero muchacha ¿cómo vas a hacer eso? Y si te cogen y te botan…tus jefes no se dan cuenta del “facho”?? Y ella ni corta ni perezosa me aclaraba “No,…ellos también se llevan….te botan si te llevas más de dos pares al mes” ¡! De madre, decía yo, y esta muchacha cuenta eso así, sin conocerme, como algo de lo más natural…
No he olvidado esa conversación, porque me hizo pensar esa tarde…qué país era ese. De qué manera la escasez y la decadencia material y moral llevan a la gente común a bajar por debajo de la barrera de valores que son universales. No estoy hablando de la llamada “moral revolucionaria”. Estoy diciendo que robar es un hecho punible, es un delito antiguo y presente, aquí y en la conchinchina, en todas las culturas y credos. Robar está mal, caballero! Sin embargo, una enorme masa de personas en Cuba asume ese acto ya como una necesidad vital, como la manera de sobrevivir (de comer, literalmente). Se llama a eso “luchar” en un eufemismo a lo cubano. Pensé también que quizás, aunque no tuviera nada que llevarme de la oficina, ni disposición para hacerlo, un día podrían faltar los envíos de ayuda de mi cuñada de Miami, o el apoyo eventual de los tíos españoles, o podría no hacer algún que otro viaje salvador por el trabajo, y entonces estaría en una situación similar, de carencia y desesperación, siempre al borde de algo irregular, cuando las fronteras de lo legal son tan sumamente estrechas y restrictivas…Y pensé en los “y si….”
¿Sabrá ella – la mamá de la fábrica de sandalias – encontrar la diferencia cuando tenga algún día un salario decente que le permita alimentar y criar a su hija? No lo sé. Tengo mis dudas. ¿Resistirá la tentación de seguirse llevando algún que otro par de sandalias cuando pueda? ¿Cuánta gente hay como ella, como sus jefes, artistas seguramente de la simulación y de lo “políticamente” correcto? Es sólo una puntica circunstancial del iceberg de corrupción y de doble moral, que carcome la idea de ética y justicia social que se supone fundamentan el sistema cubano.
¿Harán algo mejor con sus vidas las “niñas” que hacen la 5ta. Avenida o la Marina, cuando puedan ganar dinero haciendo otra cosa? Tampoco lo sé. Hay barreras de pudor que son difíciles de atravesar pero tienen también un difícil retroceso…
Eso me preocupa de la Cuba de ahora, donde está una parte de mi familia y amigos entrañables, donde está mi arraigo…Me preocupa una enorme masa de gente sin escrúpulos, pobres igual que muchos de nuestros abuelos, pero sin sus valores de decencia y respeto. Me preocupa que un niño de ocho años no pueda beber leche sin que sea robada de otro sitio o comprada con dinero que llega de más allá del mar…o del business de sus allegados. Me preocupan los viejitos que venden sobres de café de la bodega, cucuruchos de maní y cigarros sueltos en los portales de la calle Reina para vivir, habladores, laboriosos y con larga vida de trabajo detrás como muchos viejitos cubanos. Eso me preocupa…más que los llevados y traídos derechos humanos. Cualquier solución alternativa lo será de verdad si tiene en cuenta a esa gente, si logra que la mayoría viva mejor y que sea una sociedad más transparente: que lo malo sea malo y lo bueno no sea ilegal.
Esta es mi historia para Ivis y su animada tertulia, recordada aún con nitidez, siete años después, y escrita ya desde el otro lado del Atlántico.
Betty, domingo 3 de febrero de 2008
jueves, 31 de enero de 2008
Invitación

Hola amigos:
No sé si saben -y si no lo saben no será porque yo no lo haya dicho- que llevo otro blog, Literarte, donde cuelgo cosas de literatura y arte.
Me gustaría que lo conocieran y también que participaran, pues está un poco solito, y es una pena, tiene cosas tan interesantes...
Cosas como vídeos de las tertulias literarias que organizo junto a un grupo de amigos aquí en Palma de Mallorca, vídeos de lecturas poéticas, cuentos de escritores cubanos y españoles, informaciones de actos que se hacen aquí en Mallorca, (quizás ésta sea la parte más local), y hasta una blogonovela del escritor cubano Osvaldo Cleger.
A mí me parece muy interesante, claro que la recomendación viene de muy cerca, pero de verdad que se los aconsejo, como también les invito a mandarme textos, fotos y vídeos para publicar, no importa que ya hayan sido publicados en otros medios, mientras tengan calidad. Algunos blogueros como Medea, Yvette, Tony de Generación Asere, José Tadeo y Cleger, al que cité antes, ya se lanzaron, al igual que otros escritores de aquí y de allá, de España y de Cuba, tanto de fuera como de dentro de la isla, esto último me enorgullece sobremanera, que autores que no tienen acceso fácil a internet, como el reconocido autor de ciencia ficción Yoss o el novel Fidel Miranda Lorenzo, publiquen en Literarte, lo cual me llena de alegría porque a veces es difícil conocer las obras que se hacen dentro de la isla.
No digo nada más, sólo les invito a visitar Literarte y a mandarme sus textos, serán bien recibidos.
miércoles, 30 de enero de 2008
¿Qué pasará con ellos?
Este impasse en su vida laboral, aunque estoy segura de que será circunstancial, me ha llevado a reflexionar sobre la precariedad de la situación y el incierto futuro de los tantos cubanos y cubanas que emigran en su madurez dejando toda su historia laboral en la isla y a una edad en la que ya es difícil empezar de cero, pues los ánimos ya no son los mismos y la apariencia juega en contra, sobre todo en este mundo guiado por cánones superficiales en el que la experiencia ha dejado de ser un grado.
Al pensar en la situación de mi padre me vienen a la mente algunas preguntas como por ejemplo: ¿Le valdrán los más de 30 años que trabajó en Cuba para cobrar una pensión cuando cumpla la edad de jubilación? En Cuba ya podría jubilarse este año, cuando cumpla los 60, pero en España, siendo inmigrante, tiene que haber cotizado 15 años para poder cobrar el 100% de su pensión, un dinero que vendría a cobrar a los 72 años, hasta entonces tendría que estar en activo.
Me pregunto qué será de él si por una de esas fatalidades de la vida no llega con salud a esa edad.
Afortunadamente mi padre me tiene a mí, goza de una salud de hierro y una apariencia juvenil, pero él es sólo uno, ¿qué pasa con el resto de cubanos que emigran a esa edad? Quiero pensar que al menos los años que han cotizado en Cuba les valgan para el día de mañana, mejor una pensión pobre que ninguna. ¿Alguien sabe cómo funciona esto?
lunes, 28 de enero de 2008
Me hablan los objetos
Yo, como muchos de ustedes, antes sentía un total desprecio por lo material, nos habían inculcado que era malo sentir aprecio por todo lo que no fueran los ideales, como si de una secta budista se tratase y no de un país. Nunca olvidaré las anécdotas de mi padre, que me contaba que en los 70 solamente tenía un par de zapatos, sus botas cañeras, y que con eso iba a todas partes, incluyendo a los guateques de su juventud. Y no pasaba nada, pero digo yo: ¿qué daño le hubiera hecho tener otros pares de zapatos para escoger? Misterios de la ideología marxista.
Pero he aquí que una servidora, renegada de una idelogía que llegué a aprender tan bien como mi propio nombre, anda cual espía insertada en la meca del consumismo, propagando patrones de conducta que no quiere para sí, sirviendo estereotipos en bandeja de plata con una mano mientras con la otra se tapa la nariz. Ya sé que no es legal, pero hay que comer, ¿saben?
Y sin embargo cada vez me asombro más al descubrir que en el fondo no son tan feos esos vestidos, que a mi espalda castigada le vendría de perlas un masaje y un día en un spa, que no me disgustaría recorrer medio mundo en un crucero. El diablo tienta, dicen.
Hoy me ví escribiendo sobre un antiguo teatro reconvertido en tienda y casi lloro de pensar en los secretos que tendría guardado ese lugar en sus rincones, floja que soy. Y me entusiasmé pensando que aunque ya no sería más teatro, al fin y al cabo iba a continuar haciendo soñar a la gente con sus objetos, ilusionando y haciendo felices a algunas personas que por un rato se olvidarían de sus problemas mientras recorren sus estanterías o se toman un café en su bar, sintiéndose elegantes y ¿por qué no? felices, diferentes de los que arrastran los pies por las calles húmedas de esta ciudad invernal.
Quizás me estoy ablandando con los años, o volviéndome igual que ellos, conservadora, pero a día de hoy creo que aunque es cierto que los objetos no traen la felicidad, estos están tan íntimamente asociados a las personas y a sus vivencias que deberían tener un lugar más importante en nuestra escala de valores. Yo por ejemplo, ya no concibo la vida sin mi café con leche de por la mañana, sin mi ducha caliente, alguna crema, perfume, mi música, mi ordenador (aunque en el futuro quizás reconsidere esto último, porque no es justo que sea él quien me domine a mí y no yo a él), y muchos otros detalles que me hacen más complicada, no más una hoja ligera que puede ir y venir con un morral bajo el brazo. Necesito mis libros, por ejemplo, y no sé qué me haría si me fuera a meditar a un monasterio, como a veces he deseado, y me impidieran llevarme algunas cosas.
Creo que esto, en mayor o menor medida, nos pasa a todos, y por esto me pregunto: ¿quién fue el bárbaro que dijo que las cosas materiales eran malas? ¿Quién dijo que había que renunciar a la historia, olvidar el peso de los siglos, para llegar a ser mejores? Mal rayo lo parta. De no haberlo conocido me habría evitado más de un conflicto ideológico, incluyendo la cara de pocos amigos con que me mira mi jefe cuando ve que no me motiva mi trabajo.
domingo, 27 de enero de 2008
viernes, 25 de enero de 2008
Gripe, etc.
Dolores en la espalda
Cansancio
Apatía
Exceso de trabajo
Ofuscación
Pragmatismo de mierda
etc.
Ya volveré mañana por aquí.
domingo, 20 de enero de 2008
Sobre Havana Graffiti, de El Yoyo

martes, 15 de enero de 2008
Un montaje en toda regla

Vean esta foto, es de hace tres años más o menos. Yo entonces trabajaba en un diario digital de cuyo nombre no me quiero acordar y había ido a cubrir una conferencia de este señor que ven aquí, Samuel Etoo, camerunés, ex jugador del Real Mallorca y ahora desde hace un tiempo ya, del Barça.
La historia de esta foto es muy graciosa. Estaba yo parada en la entrada de la sala esperando la llegada de Etoo, junto con otros "colegas" (que en este caso no fueron tan colegas), y llevaba la cámara de la empresa, una cámara digital desconocida para mí. Llega el personaje y yo intentaba hacerle una foto con aquella jodida cámara que no disparaba, con lo cual me puse nerviosa y no me dí cuenta de que el tipo se había acercado tanto que ya estaba enfrente mío, y yo no le había cedido el paso, ocupada como estaba con mi problema. En eso me doy cuenta, me aparto y él, muy simpático, acostumbrado a posar ante las cámaras, se me para delante de nuevo, y nos reímos todos de mi despiste.
Pero luego un listillo de Diario de Mallorca publica esta foto con el pie de foto siguiente: "una aficionada hace fotos a Etoo a su llegada al auditorio". ¿Será cabrón? Lo hizo con mala leche, sin dudas, porque todos los que estábamos ahí éramos de los medios y él tenía que saberlo. Al principio me molesté bastante, pero luego me quedé pensando: al fín y al cabo no mentía, yo en eso de la fotografía era (y soy) una aficionada.
domingo, 13 de enero de 2008
Una recomendación
Les sugiero que si quieren ver algo interesante, vayan al blog de Literarte y vean ahí los vídeos de la tertulia que dedicamos al escritor inglés Robert Graves. Esa noche estuvo llena de magia y cosas interesantes, fue una noche verdaderamente llena de poesía.
Pero esto no es lo único que pueden encontrar en este blog, hay muchas más cosas, creaciones de escritores contemporáneos, pintores, reseñas de libros, etc. Aprovecho la ocasión para decirles que cualquiera puede colaborar, estamos abiertos a publicar nuevos trabajos.
Pronto tendremos allí una reseña del último libro del escritor cubano mejor conocido como "El Yoyo", y su magnífica novela "Havana Graffiti".
Un saludo para todos, que tengan un buen inicio de semana.
sábado, 12 de enero de 2008
NO TE SALVES
Si pudiera le hacía una estatua a Eliseo Subiela por regalarnos estos momentos. No se salven, por lo que más quieran. Yo ya me perdí.
viernes, 11 de enero de 2008
Corazón + cabeza = ¡Hombre nuevo!
Busco en la Wikipedia y me sale el término “Guevarismo” y dentro, esta definición que dice que: (el Ché) “otorgaba un rol fundamental a la ética individual, tanto del guerrillero durante la revolución, como del ciudadano en la sociedad socialista. Este aspecto lo desarrolló bajo el concepto del "hombre nuevo socialista", al que veía como un individuo fuertemente movido por una ética personal que lo impulsa a la solidaridad y el bien común sin necesidad de incentivos materiales para ello”. Y continúa diciendo que “en este sentido Guevara otorgaba un valor central al trabajo voluntario al que veía como la actividad fundamental para formar al ‘hombre nuevo’”.
Voilà!, ése era el hombre nuevo, y yo no lo sabía, como siempre. Tanta repetición de los conceptos, tantas versiones libres masticadas (y rumiadas) que terminamos por quedarnos con el estuche, pero olvidamos lo que llevaba dentro, suele pasar.
Bueno, en el post anterior se me había prendido el bombillo con una idea (que ya casi se me olvidó), y venía a decir que el hombre nuevo ¡taratatan! Éramos nosotros.
Argumente su respuesta.
Sin hacer mucho caso a Wikipedia, puedo decir, sin temor a equivocarme, que la idea que yo tenía del hombre nuevo no podría acercarse más a los blogueros que nos movemos por esta parte de la blogosfera cubana (perdonen los españoles y de otras latitudes que les excluya por esta vez, pero no quiero implicarlos, ni para bien ni para mal, primero por desconocimiento y segundo, porque no quiero cagarla, que ya mi teoría está bastante traída por los pelos como para aumentar el tamaño de la muestra).
Decía en mi comentario del post anterior que esa sociedad mejor a la que se refirió Tony está más cerca de lo que pensamos, a juzgar por lo que se lee en nuestros blogs, en los que hay un clima de solidaridad, respeto, tolerancia e idealismo.
Decía también que quizás somos más ese "hombre nuevo" que querían hacer de nosotros que si lo hubiéramos buscado, que al salir de Cuba nos quedamos con el corazón idealista y a eso le sumamos el aprender a pensar por nuestra propia cabeza, y que eso era para mí el hombre nuevo, corazón y cabeza, no sólo corazón y no, nunca, cabeza fría y calculadora.
Retomando la definición del Ché yo diría que sobra la parte de la guerrilla, y destacaría “ética personal”, “solidaridad” y “bien común”, y éste último término lo cogería con pinzas puesto que en nombre del “bien común” se han cometido muchos atropellos. Y finalmente acotaría eso de “sin necesidad de incentivos materiales para ello”, diciendo que si queremos (si quisiéramos) un hombre verdaderamente nuevo, éste tiene que aprender el valor de las cosas, por lo que yo diría mejor (y perdonen la chusmería) “sin necesidad de incentivos materiales, pero sin caer en la bobería” o como diría ese sabio cubano que es Gallo “no solo de pan vive el hombre, pero mi pan es mi pan”.
Caballero, por favor, que nadie se me ofenda por el humor negro, no me hagan mucho caso, estoy jodiendo, a estas alturas nadie quiere oír hablar del marxismo, al menos hasta que no le cambien el nombre. Esto es una muela bizca, para pasar el rato.
Ah, por último, pa rematar: ¿quieren un trabajo más voluntario que hacer un blog?
miércoles, 9 de enero de 2008
Llegará un día...
Desde aquí envío mi felicitación a quienes han llevado adelante esta iniciativa y mi solidaridad para con todos los gays y lesbianas cubanos y del mundo que aún no pueden disfrutar de la libertad en toda la dimensión de esta palabra. Y para celebrarlo, un poema:
De otro modo
Emilio Ballagas
Si en vez de ser así,
si las cosas de espaldas (fijas desde los siglos)
se volviesen de frente
y las cosas de frente (inmutables)
volviesen las espaldas,
y lo diestro viniese a ser siniestro
y lo izquierdo derecho...
¡No sé cómo decirlo!
Suéñalo
con un sueño que está detrás del sueño,
un sueño no soñado todavía,
al que habría que ir,
al que hay que ir
(¡No sé cómo decirlo!)
como arrancando mil velos de niebla
y al fin el mismo sueño fuese niebla.
De todos modos, suéñalo
en ese mundo, o en éste que nos cerca y nos
apaga
donde las cosas son como son, o como dicen que
son
o como dicen que debieran ser...
Vendríamos cantando por una misma senda
y yo abriría los brazos
y tú abrirías los brazos
y nos alcanzaríamos.
Nuestras voces unidas rodarían
hechas un mismo eco.
Para vernos felices
se asomarían todas las estrellas.
Querría conocernos el arcoiris
palpándonos con todos sus colores
y se levantarían las rosas
para bañarse un poco en nuestra dicha...
(¡Si pudiera ser como es,
o como no es... En absoluto diferente!)
Pero jamás,
jamás
¿Sabes el tamaño de esta palabra:
Jamás?
¿Conoces el sordo gris de esta piedra:
Jamás?
¿Y el ruido que hace
al caer para siempre en el vacío:
Jamás?
No la pronuncies, déjamela.
(Cuando esté solo yo la diré en voz baja
suavizada de llanto, así:
Jamás...)
De: Sabor eterno (1939)
Para que no se nos olvide que hay mucha gente que sufre por no poder gritar su amor (su gusto, su agonía, pasión, lo que sea).
martes, 8 de enero de 2008
Entrevista a Gato Barbieri
Por si les puede interesar. Yo no sabía que era Argentino. La música del Último tango en París es preciosa, y a quien no la ha visto se la recomiendo, es un clásico.
Me fascina la metáfora que plantea: la magia de lo prohibido, de la subversión contra el aburrimiento de lo fácil, claro que el planteamiento del filme es mucho más complejo. Yo lo dejo aquí. Por cierto, qué rarito habla este hombre.
lunes, 7 de enero de 2008
Foto-robot
Pensando ayer en la respuesta que le dí a un comentario que me hicieron, me vino a la mente este poema del escritor cubano Luis Rogelio Nogueras (Wichy), y lo comparto con ustedes porque es un vacilón.
Foto-robot
La boca de Catalina
(rojo fuego de manzana)
La mirada de Susana
(entre dulce y asesina)
Los cabellos de Cristina
(fuego en sol de mediodía)
Las mejillas de Sofía
(nieve tibia a la caricia)
La mordida de Leticia
(con los dientes de María)
¿Es o no es un vacilón? Ese Wichy (Wichy el rojo le decían) debía ser tremendo tipo, me encantan los tipos con sentido del humor. Si quieren conocer un poco más cómo pensaba, lean esta entrevista. Lástima que se muriera tan joven.
sábado, 5 de enero de 2008
La noche es joven
Yo, cogiendo caracoles en la orilla, mirándote de reojo mientras ibas-venías haciendote el lejano, todo ese paripé para decirle al mundo: "¡Soy libre, esto no es lo que parece! ¡No he encontrado a la mujer de mi vida, no caeré rendido a sus pies apenas baje el sol y nos quedemos solos ante lo inevitable!"
"Todo ese derroche de energías", pensaba yo en mi orilla, mientras tensaba el hilo de pescar y te acercaba contra tu voluntad, y al sol le quedaban tres cuartos de hora y era bello ver el atardecer y verte a tí a contraluz y sobre el muelle, saltando, cansándote (no demasiado, hay que dejarlo que viva, al pescadito), y el sol ocultándose por fín y mis sentidos felinos aguzados a morir en esa hora crepuscular en que se acercan los animales a la orilla, y al fin la despedida de los amigos, la corte de invitados a esta fiesta que acabará en banquete y en orgía, y dos mas dos son cuatro pero uno y uno, dos, y tú, luchando con tu espíritu de macho, insecto acorralado, pececito en el jamo, frijoles en remojo, papalote que cae hacia mi vida, pero yo no me doy por enterada y espero con paciencia de serpiente a que se cumplan esas formalidades: primero lo primero, y te suelto el cordel y me distraigo, me dejo seducir mientras acepto la danza del cortejo, el despliegue hormonal que hace las cosas interesantes, mágicas, oscuras. Y entonces te me acercas con el pretexto de enseñarme la luna que ya brilla a lo lejos sobre el mar y es luna llena y a mí qué más me da, si somos lobos, te enseño mis colmillos por si acaso y tú me das la patita tiernamente, pececito que te me has resbalado de las manos y ahora estás frente a mí con esta urgencia, miro la caña de pescar que yace sobre el suelo: no te he atraído yo, ¿cómo nos hemos hecho tan amigos? "Es de otra vida", dices, y yo río sabiendo que me engañas, pero qué rico hueles -te olisqueo- qué importa que me engañes, qué importa que mañana no me acuerde de tí si hoy eres carne e instante de poema, melodía perfecta de la noche, acércame tu olor, dame a beber tu esencia más genuina, déjame que te mate y me alimente de tu recuerdo el resto de mis días, mátame tú también y no me olvides así como me ves en este instante que no existe en el tiempo, como una aparición bajo la luz celeste de la luna. Gózame hoy que aún no soy de arena y soy limpia y estoy aquí contigo, no te traigo recuerdos de otra vida ni tú me los evocas. Somos dos animales que mañana se tratarán de usted, la noche es joven.
Más sobre la emigración cubana
Hay tanto que hablar de este tema, y esto es así desde el momento en que cada uno lo vive a su modo, son muchos cubanos (dos millones decía el Yoyo, yo diría más) los que han emigrado incluso en contra de su voluntad, y es un asunto peliagudo, nada trivial.
Hoy me ha llegado esta misiva de mi tía Tere, médico oftalmóloga, que vive desde hace dos años en Argentina. Un día lo dije, en mi familia andamos desperdigados, es increíble, como si nos hubiesen lanzado al aire: Argentina, Canadá, Estados Unidos, España, y pensar que hace poco más que una década estábamos todos en Cuba y celebrábamos grandes fiestas todos juntos, increíble que en tan poco tiempo todo aquello parezca una ilusión. Pero bueno, a lo que iba, les dejo con el mensaje que me mandó mi tía, lleno de sentimiento.
Dice el mensaje:
"¡Qué grande esa generación que ha sabido echar para adelante en tantos países que ya nos perdemos en el mapa mundi, pero que donde quiera que hay un cubanito de tu generación o de la mía hay un ejemplo de entereza y patriotismo.
Estamos allá en Cuba y se nos hace pequeño el camino a andar, no vemos la salida a nuestras limitaciones económicas y sociales, a la poca libertad en toda la extensión de la palabra y entonces queremos estar donde podamos resolver económicamente nuestras vidas y sentirnos más libres, y cuando logramos salir a otro mundo luchamos para ayudar económicamente a los que no han podido salir. Extrañamos la casa, la familia, los amigos, los centros de trabajo, todo, nuestro mar, el verde de las palmas, el canto de los gorriones, todo romántico , todo tan fascinante que te duele el alma y así lo hacemos llegar a los oídos de los coterráneos del país donde estemos, nos crecemos cuando hablamos de lo nuestro, envolvemos a cada interlocutor en ese ambiente tan cubano que luego ellos se preguntan: ¿y qué cara... hacen ustedes acá? Y hasta nosotros nos hacemos esa pregunta una y mil veces, pero... ¿si todos nos hubiésemos quedado en Cuba, qué hubiera pasado con nuestras generaciones? Estaríamos enarbolando las banderas del socialismo o estaríamos hechos unos viejos-jóvenes con la mente frustrada y los deseos de hacer cosas, de crecernos en nuestras capacidades, más fríos que un iceberg.
¿Cometimos algún error por dejar a nuestros seres queridos y nuestras vidas, allá, donde “morir por la patria es vivir”? No lo creo, cada uno de nosotros se planteó una meta, ninguno quería que nos pisotearan el intelecto, ninguno quería vivir dependiendo del familiar que ya había cruzado la frontera del mar. TODOS queríamos probar fuerzas y demostrarnos que sí se puede, que empezar desde cero es difícil pero que se logran expectativas y vemos paso a pasito que algo se logra, principalmente libertad de acción, pensamientos nuevos que te llevan a forjarte un futuro, algo casi prohibido en nuestro país, y claro que estoy convencida que el error nuestro hubiera sido no llegar a enfrentarnos con esta otra vida, nunca hubiésemos conocido el verdadero valor de nuestro empuje ni lo que vale a ciencia cierta NUESTRA PATRIA, pobre Patria, detenida en el tiempo, ninguno de tus hijos emigrantes, se alejó de ti por egoísmo, sólo por temor a perder nuestra propia identidad, y porque las condiciones están creadas para que seamos una generación de emigrantes. ES LO QUE NOS TOCO VIVIR. Un día vamos a volver, ESTOY SEGURA."
Así es, tía querida, vamos a volver, ponle el cuño.
viernes, 4 de enero de 2008
Grupo Síntesis, Historia
Siempre he creído que este es uno de los mejores grupos de Cuba. No sé si saben que aquí en Mallorca vive uno de sus ex integrantes: Fidelito, aquel muchacho que hacía los coros y tocaba percusión. Sin su aportación los discos de Ancestros no hubieran sido lo mismo, tiene una voz con personalidad. Por cierto, es posible que tenga a su cuarteto vocal en una tertulia de Literarte, ya me dijo que sí, ahora falta acordar la fecha.
Que disfruten el video.
Paquito de Rivera con Yo Yo Ma
Esta canción la encontré buscando otra cosa, pero fue una sorpresa hallarla. Paquito es sin dudas uno de nuestros mejores músicos.
Aquí tocando "1 x 0" "Um a Zero") de Pixinguinha y Benedito Lacerda, una muestra del ritmo brasilero llamado "chorinho". Según leí, el título se debe al marcador de un partido de fútbol entre Brasil y Uruguay.
miércoles, 2 de enero de 2008
Roberto Carcasses Mecanica Cotidiana Live @ Abdala
El otro día me mandaron una carta que anda circulando de este muchacho, que escribió al presidente de la asociación de músicos de la UNEAC pidiendo algo tan justo como no tener que entregar el dinero que recaudan en las giras.
No sé la respuesta que le habrán dado, entre tanto les dejo con esta pieza que está muy bien.
Las uvas de la suerte
Rodin en Palma de Mallorca
La muestra, patrocinada por La Caixa, ha llegado justa para el momento de las Navidades, con todo el paseo iluminado y miles de mallorquines de vacaciones recorriendo el Borne de arriba a abajo.
Les dejo con unas fotos.
Les debo los nombres de las esculturas, la verdad no los anoté, pero si puedo me pasaré por ahí para tomarlos y ponerlos.
martes, 1 de enero de 2008
Mi generación
Madrid, 2007. Boda de Lázaro.
Hurgando entre las fotos viejas encontré las primeras, son de mi grupo de amigos en dos fiestas allá en Cuba. Comparándolas con éstas últimas llama la atención que las caras se repiten, menos dos o tres de la primera foto, e incluso hay algunas más. Es la historia de mi generación; una generación de emigrantes. Gente que ha ido ayudándose unos a otros a salir del terruño y que ahora anda desperdigada por la geografía, española en este caso. Lo que más me jode es que todos, sin excepción, son profesionales con formación universitaria: médicos, arquitectos, economistas... gente que hubiera podido quedarse a echar para adelante el país. ¿Y por qué no lo han hecho? Porque no son mártires, no somos mártires. Pero tampoco egoístas que solamente hemos pensado en nuestro bienestar; nos hemos ayudado entre nosotros (a salir de allá, a instalarnos aquí...) y con nuestro sacrificio (sí, sacrificio, estar lejos de la familia es toda una renuncia) estamos ayudando a nuestras familias a vivir mejor.
Ni egoístas ni cobardes, somos el reflejo del fracaso de la Revolución, que por cierto ya cumple cincuenta años, increíblemente.


