lunes, 20 de agosto de 2007

La cucaracha, la cucaracha...

Esta es la historia de una mujer que le temía a dos cosas en la vida: a los pelos y a las cucarachas.
Lo de las cucarachas ya lo había resuelto. Cada día rociaba los rincones de su casa con un líquido venenoso, tan potente, que eliminaba cualquier posibilidad de brote de aquel asqueroso insecto. Pero el terror que le provocaban los pelos era más difícil de combatir: estaban por doquier.
“Todas las personas tienen pelos, y casi todos los animales de compañía”, calculaba espantada. Y a pesar de que ella se depilaba regularmente y no tenía animales de pelaje, no podía evitar que entrasen por la ventana, o encontrarlos en cualquier lugar público. Por ese motivo vivía encerrada a cal y canto, y cuando salía a la calle, lo hacía siempre preparada para “despeluzar” todo cuanto fuese a tocar: su puesto de trabajo, el asiento del autobús, o la mesa del restaurante donde comiese.
El único sitio donde no necesitaba sacar sus instrumentos de limpieza era el bar de la esquina de la agencia donde trabajaba; el mozo, tan atento, ya la conocía, y en cuanto ella entraba le limpiaba bien su mesa, para que pudiera sentarse confiada. “Aquí si vale la pena venir a tomarse un café” -decía siempre al camarero-. Pero en los demás lugares no, en los otros tenía que sacar su equipo: un par de guantes desechables, servilletas y el alcohol de noventa grados que compraba al por mayor. “Hay qué ver qué caro me sale el vicio” – decía a Rita, su compañera de trabajo y única amiga, mientras desinfectaba la ventanilla a través de la cual atendía a los clientes. “Estos hombres con pelos en los brazos me ponen histérica” – protestaba, mientras frotaba con la servilleta empapada en el alcohol, que luego botaba, con guantes y todo, a la basura.
Lo que más le costaba era mantenerse depilada, como único se sentía a gusto. Cada tres días repetía su ritual: mientras llenaba la bañera retocaba su calvicie con una navaja de barbero. Lo de afeitarse con una navaja lo había sacado de "El color púrpura". Tanto le había gustado el estilo que decidió copiarlo, y aunque al principio le costaba no cortarse, cada vez le resultaba más fácil, incluso lo hacía en tres pasos. Cuando estaba absolutamente rapada, pasaba a depilarse las incipientes cejas con cera caliente, ahí se divertía de lo lindo, haciéndole muecas al espejo con los parches de colores sobre los ojos. Y cuando se los arrancaba de un tirón sentía verdadero placer.
Luego le tocaba el turno a las pestañas. Como extraérselas era muy doloroso, había optado por recortárselas y ponerse en su lugar unas postizas. Cuando se encontraba limpia del cuello para arriba, se sentaba en el borde de la bañera y procedía a segar, máquina en mano, los minúsculos cañones de sus piernas y de sus partes pudendas. Con un gesto de asco los miraba desprenderse de la hoja de afeitar y caer al agua. Eran como bichitos pequeños, hormiguitas, pero ni con ese aspecto inofensivo lograban engañarla: eran terribles.
Continuaba su liturgia eliminando los vellos más difíciles, esos que se escondían en los recovecos de su cuerpo, con una crema depilatoria extra fuerte. Una vez culminado el proceso y cuidando de no tocar el agua sucia con las piernas, halaba desde fuera el tapón y dejaba irse lo que ella llamaba “la contaminación”, barriendo con la ducha los restos que pudiesen quedar en las esquinas de la bañera. Entonces, y sólo entonces, se bañaba.
A pesar de su calvice total, nadie en su trabajo sospechaba de su aspecto pues usaba una peluca rubia y lacia, muy natural. Y a pesar de que los falsos cabellos le rozaban el cuello constantemente, no sentía asco de ellos, pues eran eso: falsos.
Lo que más le espantaba de los pelos no eran ellos por sí mismos, sino lo que podían esconder, millones de microbios, caspa, grasa, en fin, todas esas inmundicias humanas que ella lograba mantener a raya gracias a su cuidadosa higiene.
Siempre pensó que se quedaría sola, era tal la repugnancia que le provocaban los varones con sus bigotes y cuerpos de peluche, que sabía de antemano que no soportaría aquello, pero un día, mientras trabajaba, conoció al hombre más hermoso que había visto en su vida, todo un tipazo, con el único defecto -para el mundo- de ser absolutamente calvo.
Fue amor a primera vista. Él se acercó a su ventanilla y le preguntó cualquier cosa. Ella contestó algo intrascendente, pero esbozando su mejor sonrisa, que él correspondió invitándola a salir. Ella aceptó, emocionada, aunque por fuera intentase disimular su contento.
Aquella noche tuvo por fin su primera cita y su primer orgasmo. El calvo era tan guapo que, de solo mirarlo, le daban taquicardias. Él, por su parte, estaba complacido, pues desde que perdió el cabello casi ninguna mujer -mucho menos tan hermosa como ésta- se había fijado en él.
Puede decirse que entre ellos existió desde el primer instante una química forzada: dadas las circunstancias, se aferraron mutuamente con desesperación de náufragos, aunque ninguno de los dos sabía por qué.
Con el pretexto de un café, ella lo invitó a subir a su apartamento. Era el momento de las confesiones, pero por nada del mundo habría revelado ella su secreto a aquel Adonis que la miraba amorosamente. No lo habría revelado… de no ser por el incidente que ocurrió veinte minutos más tarde. En efecto, mientras rodaban ya por las sábanas, él, en un arranque de pasión la agarró por el pelo y vio asombrado cómo se le desprendía el cuero cabelludo, que lanzó al aire asustado.
Ella, sin saber dónde esconderse, se cubrió rápidamente con las manos, se acurrucó en un rincón de la cama, pidiéndole, entre sollozos, que le devolviese su peluca. Entonces él reaccionó, y rápidamente le entregó la melena rubia, deshaciéndose en disculpas por su torpeza. Ella extendió la mano y colocó el preciado objeto sobre su cabeza, pero continuó en su posición fetal, avergonzada hasta que él, suavemente, le pidió que le mostrase su aspecto verdadero, cosa que no fue fácil porque entonces ella comenzó a llorar. Pero él no era hombre de darse por vencido, así que insistió una y otra vez, con suavidad, con esa galantería recién estrenada que llevaba tanto tiempo ensayando. Insistió tanto que, poco a poco, ella fue sacando la cara de entre los brazos, hasta dejarla al descubierto.
La despojó de los falsos cabellos, con cautela, y la observó un instante -eterno para ella- a la luz de las velas: “calva y todo, es preciosa”, pensó al ver esa cara de luna que lo miraba con ojos gachos, como pidiendo perdón.
Nunca antes había experimentado esa sensación, a medio camino entre la lástima y la ternura, pero lo cierto es que en aquel momento se quedó sin habla, y a lo único que atinó fue a besar la brillante testa una y otra vez, primero con delicadeza, luego con una pasión inaudita, desesperada. Sus emociones, ésta vez las de él, por tanto tiempo contenidas, afloraron en forma de lágrimas. Un llanto sin motivo aparente, que ella aplacó con instinto maternal, susurrándole palabras de consuelo. Le decía: “mi vida, mi amor, ya pasó”, en tanto él se acurrucó en su regazo como un niño abandonado, antes de poseerla con tal furia, que los gritos de ambos se escucharon en todo el vecindario.
A la segunda semana ya vivían juntos, ella le pidió que se quedase en su casa, había encontrado al hombre de su vida y no lo dejaría escapar tan fácilmente. Con el tiempo y el amor se fueron espantando, de a poco, sus temores: ya no envenenaba cada día los rincones de la casa, sino de vez en cuando, porque el tiempo no le alcanzaba, ocupada como estaba descubriendo los entresijos de su sexo.
Siguiendo el consejo de su calvo, quien no podía soportar el bochornoso agosto “encerrado entre aquellas cuatro paredes” decidió abrir las ventanas al mundo exterior. Primero las abrió con recato, interponiendo entre el aire exterior y su santuario una tela metálica que le servía de protección. Pero de esta manera no lograba aplacar el ardiente verano, y en vistas de que continuaban los malos humores de su marido, los despertares sofocados en medio de la noche y las miradas de reproche, resolvió abrirlas de par en par, segura -pues se lo había hecho prometer- de que si se colaba algún cabello, ahí estaría él para quitarlo.
Aquella ventana abierta delante de sus ojos al amanecer era la causa de sus cada vez más frecuentes pesadillas. En la más recurrente ella entraba en un local aparentemente normal, que luego se transformaba en una peluquería donde quedaba presa, rodeada por miles y miles de pelos que lo abarcaban todo, menos un sillón que se alzaba cual isla salvadora. Ahí quedaba atrapada dando vueltas delante de los espejos, por los siglos de los siglos. Cada vez que despertaba de ese horrible sueño se sentía vieja y cansada, e iba directamente a darse un baño, por si acaso.
Él aceptó sus aversiones sin darles demasiada importancia, era tal la pasión que le despertaba aquella hermosa y rara mujer, que todas sus manías le parecían encantadoras muestras de su gran personalidad. Si en alguna ocasión sus excesos llegaban a abrumarle, la avalancha de besos que recibía luego le bastaba para perdonarla.
Había transcurrido un año de feliz convivencia cuando sucedió que una noche, mientras dormían desnudos bajo las sábanas, ella, que tenía el sueño tan ligero como un suspiro, escuchó un sonido inconfundible y aterrador. Se cubrió la cabeza con la sábana, porque ya sabía de que se trataba: por la ventana abierta había entrado volando una cucaracha. ¿Cómo no reconocer el sonido espantoso de su aletear? ¿Qué hacer ante tal situación?
El calvo dormía a su lado, tan profundamente que sus ronquidos daban envidia al mismo Morfeo. Ella sabía que no le gustaba que lo despertasen, se ponía de mal humor, pero tampoco podía dejar que aquel insecto asqueroso entrase en su morada como si tal cosa. Ya comenzaba a escocerle la rodilla, luego se llenaría de ronchas y de colorados, y ni siquiera quería imaginarse qué podría estar haciendo aquel bicho en su cuarto, por dónde estaría pasando, contaminando todo a su paso. A ese ritmo iba a tener que lavar todo el mobiliario, cambiar las sábanas, qué horror, por no pensar que pudiera colarse en la cama, eso ni muerta, no podía tolerarlo. Se llenó de valor y lo despertó:
- Mi vida, mi amor... despiértate.
- Dime mujer, es tarde ¿qué quieres?
- Es que entró una cucaracha por la ventana.
- ¿Y qué?
- ¿Cómo que y qué? – ya no pudo contenerse – ¡pues que la mates! – y encendió la luz, inclemente.
- ¡¿Cómo?! – dijo él, sentándose de un tirón. Pero ella lo miró con sus grandes ojos, que lo llevaban a complacer todos sus caprichos. – Bueno, está bien ¿dónde está?
- No sé, yo me voy y no regreso hasta que no la hayas matado.
Y lo dejó solo en medio de la habitación, con un sueño de mil demonios y una tarea que cumplir: matar a la cucaracha invasora. Se levantó y tomó la pantufla de ella, pero reflexionó, sabía que si lo hacía, su mujer no volvería a ponérsela. Entonces optó por sus zapatos, un poco más pesados, así no escaparía con vida el maldito animal.
Se sentó en la cama a observar el panorama, no veía nada. Comenzó por mover ésta hacia adelante, ni una señal. La pesada cómoda fue lo segundo, pero igualmente fracasó. Quitó las sábanas, y las enrolló encima del colchón, por si acaso se había metido debajo – quien lo viera lo confundiría con un policía ejecutando una orden de registro.
Ya comenzaba a tomarle el gusto a la “operación cucaracha”, siempre había querido tener algún motivo para desorganizar aquella habitación primorosa sin que viniese su mujer a regañarle. Con una linterna alumbró la parte trasera del armario, donde no cabía ni un palo de escoba, y justo ahí, en medio de la planicie, pudo percibir un bulto: ahí estaba.
Mientras tanto ella vociferaba desde el baño, adonde había ido a encerrarse, si ya la había encontrado, sin importarle para nada que fueran las dos de la mañana.
Después de darle el parte sobre el estado de la situación se dispuso a hacer acopio de toda su potencia para tratar de mover el armario él solo, sabía de antemano que con el apoyo de su mujer no podría contar. “¡Y uno, y dos, y tres!”. Haciendo un esfuerzo sobrehumano logró ganar cinco centímetros, “al menos el palo de la escoba pasará”, se dijo, mientras apartaba el sudor que ya le bajaba por la frente.
Pero la cucaracha, además de fea, había resultado astuta, y al sentir el movimiento había salido volando hacia el techo ¡después de la fuerza que había tenido que hacer! Indignado, no aguantó el desafío y lanzó un zapato hacia el aire sin pensarlo dos veces, pero falló, y el insecto continuaba inmutable, parecía burlarse de él. Entonces, para sacarlo realmente de su sano juicio, la voz desde el baño: “¿ya la mataste querido?”, como si él no estuviese haciendo todo lo posible, total ¿qué le importaba a él dormir en la misma habitación con una infeliz cucaracha? Ya estaba de mal humor.
“Ya va, mi vida” – contaba hasta diez y respiraba profundo antes de contestarle. Lanzó tres zapatazos más, el sonido iba a despertar a todo el vecindario, para colmo, el dichoso insecto se había colado por debajo de la puerta del armario de los libros, que estaba empotrado en la pared. El hombre se dio por vencido: a esa hora no se iba a poner a sacar uno por uno los libros. Entonces tuvo una idea salvadora: si ponía un periódico debajo de la puerta, no podría salir, y ya no iba a molestar más, y así lo hizo, pero antes, para despistar, dio un último zapatazo, el más fuerte de todos, contra el suelo. Ella preguntó nuevamente si al fin la había cazado y sin más rodeos le dijo que sí, quería volver a dormirse cuanto antes. La voz del baño inquirió entonces si todavía estaba por ahí, pero la respuesta fue tranquilizadora: la había tirado “por donde mismo entró”.
La asustada fémina salió del aseo midiendo sus pasos, como si de pronto el animal se le fuese a abalanzar encima. Y comenzó el interrogatorio:
- ¿Cómo la mataste?
- Con un zapato.
- ¿Cuál?
- Mis zapatos deportivos ¿por qué?
- Bien, porque esos están viejos, los podemos botar. ¿Y cómo la tiraste? ¿Por la ventana, dices?
- Tirándola. Ven, anda –la tomó por la cintura y la atrajo hacia sí– vamos a dormir.
Ella se separó bruscamente:
- Sí, pero antes dime ¿con qué la cogiste?
- Pues con las manos, con qué va a ser.
- ¡Anjá, ya sabía yo! Pues nada de dormir, ahora tienes que desinfectarte.
- Pero mi vida, mira...
- ¡Nada de mi vida! ¡Al baño!
El lampiño no podía más de la incomodidad que tenía, aquello era ya un desafío a su tolerancia, decidió que tenía que ponerle límite a aquel capricho, y sin escuchar nada más, se acostó y se tapó hasta la nariz. Esto provocó a su mujer un soberano ataque de histeria, comenzó a dar pataletas en el suelo, a gritar y llorar desconsoladamente. Él trató de aplacarla: “pobres vecinos” – le decía – pero a ella parecía no importarle. Tras media hora, en que él no pudo conciliar el sueño, pero tampoco había desistido en la idea de lograrlo, ella seguía obstinada en su llanto, que había pasado a ser más tranquilo, como un lamento de funeraria. Ya lo había amenazado con suicidarse, con prenderle fuego a la habitación, con dejarlo, pero él hizo caso omiso.
Sin embargo comenzó a preocuparse cuando, pasadas dos horas del incidente, se despertó del letargo en que por fin pudo caer y la vio, parada a los pies de la cama, mirándolo con ojos desorbitados y frenéticos. Ya era demasiado: ¿hasta dónde era capaz de llegar aquella hembra por conseguir lo que quería? Por eso la amaba tanto, por su tenacidad y fuerza de carácter.
- ¿Qué quieres que haga? – le dijo, vencido.
Ella no pronunció palabra, solamente le hizo señas de que la siguiera, y así lo hizo. Una vez en el baño, le ordenó que se quitase la ropa, y él obedeció ¿qué otra cosa podía hacer?
Se metió en la bañera, siguiendo sus instrucciones y abrió la llave del agua tibia, ella lo observó ducharse sentada en el retrete, con una mirada rara, como ausente. Le indicó que se restregase fuerte con la esponja, y se restregó. Cuando terminó le pidió la toalla, que ella mantenía encima de sus piernas, pero para su sorpresa, no se la cedió, simplemente le dijo:
- otra vez.
- ¡¿Qué?!
No valía la pena preguntar, así que comenzó una vez más, para salir de aquel purgatorio, la miraba, inquieto, pero ella bajaba la vista. Parecía como si, con su silencio, lo acusara de haber cometido una falta muy grave.
Esta vez terminó más rápido, y antes de que le diera tiempo a secarse, ella le extendió una botella con un líquido incoloro, y volvió a sentarse en su trono.
- ¿Y esto qué es ahora? – preguntó, en el límite de sus fuerzas.
- Alcohol – respondió secamente – debes desinfectarte bien. – y ahora su voz adquirió un tono apacible, como cuando un médico indica un tratamiento.
Entonces comenzó a dudar de su cordura, ya no era cosa graciosa, no obstante se echó el alcohol encima, quería acostarse de una vez, pero vaciló mientras ella avanzaba hacia sí: ¿por casualidad no tendría un fósforo en la mano? La sospecha lo tuvo dos segundos, eternos, rozando la fatalidad, cerró los ojos y no los abrió hasta sentir en su cabeza la textura suave y cálida de la toalla. Respiró aliviado, y no alcanzó a ver la cara de su mujer, que ya salía del baño como un espectro que hallase reposo.
Finalmente fue a acostarse, ella cambiaba las sábanas por otras limpísimas. Esperó pacientemente a que terminara y luego se acostó, dándole la espalda. Estaba furioso, cansado, no valía un centavo.
Durmieron toda la noche separados, pero al amanecer, a la hora de enredar los pies y olvidar los problemas, él intentó pasarle una pierna por encima, como de costumbre, y ella lo apartó de tal empujón, que le hizo volver a despertarse. “Qué mujercita la mía” -pensó- “quien tiene que estar enfadado soy yo y sin embargo se han invertido los papeles, mañana lo arreglo”, y volvió a dormirse.
Al día siguiente no pudo arreglarlo, ni en los días sucesivos. Su mujer había dado comienzo a la guerra fría–caliente: por las mañanas el desayuno humeante, sabroso, le hablaba con el mismo tono de siempre, pero cuando intentaba acercársele, se escabullía, y si trataba de tocarla se transformaba en una estatua. Cuando ya no aguantó más la tortura, le inquirió:
- ¿Se puede saber qué te sucede? ¿Hasta cuándo vas a tratarme de este modo? ¿Qué te hice para que me trates así?
Ella, sin inmutarse, contestó:
- Nada.
- Te lo voy a preguntar de nuevo – respiró profundo – dime qué te pasa.
- Nada – con la misma mirada ajena.
Ese fue el detonante, la cólera que fue acumulando en los anteriores días se le subió a la cabeza. La agarró por los brazos, la zarandeó fuertemente y la lanzó contra la cama, abalanzándose sobre su cuerpo, tan rígido que no le permitía ni abrazarla.
Y sin saber lo que hacían sus manos, se desabrochó la bragueta, y ya empuñaba el miembro contra la cara de su amada, que no mostraba la menor señal de conciencia. Se lo colocó delante de la cara, y con él le golpeó las mejillas como si tocase una puerta con un aldabón, pero no obtuvo más respuesta que un cierre de pupilas y una lágrima lo devolvió a la realidad.
La imagen del espejo le asustó y se incorporó rápidamente. Volvió a llorar como sólo podía hacerlo delante de ella, sólo que esta vez su amada no lo acunó entre sus brazos, pues continuó en su actitud ausente.
Avergonzado, se agachó a sus pies y le rogó que le explicase qué daño le había hecho. Ella, más tranquila, bajó la mirada y le dijo estas palabras, como si hubiese aprendido a hablar de carrerilla:
- Tú estás sucio. Has tocado la cucaracha. Debes desinfectarte.
- ¿Pero cómo? ¿Es que acaso no hice todo lo que me pediste?
Y ella, otra vez sin alterar su tono de voz, le explicó:
- No es suficiente, necesitas tiempo, si me quieres podrás esperar, pero por favor, no me toques hasta entonces, me haces daño.
Hubiera querido decirle que no había tocado la maldita sabandija, eso habría puesto fin a la barrera, pero sabía que comenzaría otra batalla, mucho peor, de modo que optó por la opción del tiempo. La suya era una mujer muy caprichosa, pero así y todo la deseaba tanto que prefirió esperar a perderla.
Así pasó una semana, en la que se trataron con la más cordial de las actitudes, aunque sin roce alguno, ni siquiera en la cama, a pesar de que su deseo era cada vez mayor. A la segunda semana ya su cuerpo era presa de la lujuria y soñaba con sexos húmedos y deliciosos, mientras su mujer embellecía al calor de la distancia. Ella, sin embargo, no parecía muy afectada, continuó sus rituales como siempre: el baño interminable, la limpieza de todo a su alrededor, todo igual. De vez en cuando le pesaba la conciencia cuando pensaba en su marido, tan bueno, tan paciente... pero volvía en sí cuando le imaginaba cogiendo la cucaracha con las manos. Pensar en los microbios que habría contraído le quitaba los deseos de abrazarlo.
A la cuarta semana ya los ánimos del hombre estaban caldeados, pasó de la simple masturbación a la contemplación de películas pornográficas de manera enfermiza, ya no pensaba tanto en su mujer, sino en las otras, a las que veía en poses imposibles, y en sus sueños no era el cuerpo de su amada, sino el de ellas, pero la cara no, la cara era la suya, con aquella cabeza de luna llena que lo enardecía.
Una de esas mañanas en que corría pistas para evacuar sus bríos, tuvo una experiencia tan extraña como excitante: una mujer que pedía limosnas en la calle se había quedado mirándolo hasta perderlo de vista, mientras se acariciaba el pubis descaradamente. No era hermosa, más bien desagradable a la vista, llevaba el pelo largo y despeinado, sobre los ojos. Era morena, y en sus ojos pétreos se podía adivinar un misterio, un deseo, algo que nunca había encontrado en ninguna hembra.
Pasó de largo, ya lo suyo era grave - se dijo - ¡ponerse caliente con una mendiga! ¡Era el colmo! Aquella espera lo iba a hacer enloquecer.
Al llegar a la casa encontró la misma frialdad, pero ya se estaba acostumbrando. Esperó, como los días anteriores, a que se durmiese, echó a andar su película y comenzó a acariciarse, pero pronto se dio cuenta de que no estaba pensando en aquellas mujeres de cuerpos estilizados, ni en la calva brillante de su adorada. Un rostro ajeno, una forma ilusoria, y una melena negra se erguían sobre él. Ya no aguantaba más.
La jornada siguiente se levantó más temprano, cuando aún era noche cerrada, para hacer su recorrido, se despidió cortésmente de su mujer, que se arreglaba para ir a trabajar. Al llegar al tramo de camino por donde había encontrado a la mendiga la mañana anterior, aflojó el paso. La encontró durmiendo en un banco, tapada con cartones. Sin pensarlo dos veces la despertó, la tomó por una mano y ella, sin hablar ni una palabra – ya que era muda– lo siguió. Calculó que la casa ya estaría vacía, eran las siete y cuarto.
Subió los cuatro pisos andando, rebosaba vitalidad, y no quería tropezarse con ningún vecino en el elevador, llevaba de la mano su trofeo de caza. La idea era descabellada, pero el ardor no impedía que actuase con cierto sentido común: primero preparó la bañera con agua tibia, mientras la despojaba de sus ropas ajadas y ennegrecidas. Ella no opuso resistencia, en sus ojos se veía el mismo apetito del día anterior. La bañó con el rigor que su mujer le había aplicado la noche del incidente. Las carnes fláccidas y los senos caídos, tan diferentes de los de su amada no aplacaron el deseo que sintió por aquella bestiecilla, de asombroso parecido al pecado. Cuando la montó, en la misma cama de sábanas impolutas donde tantas veces hiciera el amor con su musa, gozó como un colegial acariciando, halando, frotando la larga y rizada cabellera que caía sobre su pecho. La muda emitía tales alaridos de placer que más que humanos parecían los de una gata en celo, lo cual aumentó el deleite hasta proporciones nunca antes soñadas por él. La embistió con todas las fuerzas y todo el deseo acumulado durante su cuarentena. Se vengó por todo lo que le estaba haciendo su mujer, la golpeó, la vituperó, la amordazó, y ella no pudo decir ni una palabra, sus ojos en cambio no mostraron más aquel placer, sino un ligero reproche, como el de una madre hacia un hijo que ha actuado mal. Al parecer la vida la había maltratado mucho más.
De pronto ya no le resultó excitante, fue saboreando poco a poco el patetismo de la escena. ¡Qué mujer tan horrible!, pensó, e igual que la trajo se la llevó de allí, no sin antes organizar el campo de batalla.
Mientras esperaba a su amada sonrió pensando en la ironía del hecho: la había traicionado en su casa, en su cama, y no sentía remordimientos; “bah, eso le pasa por ser tan escrupulosa” – se decía.
A su llegada la recibió con la sonrisa que llevaba toda la tarde pegada a su rostro y que le hacía parecer un muñecón de carnaval. Ella notó algo extraño, pero estaba demasiado cansada para pensar, fue directo a darse una ducha tibia. Como no era su día de depilación podía bañarse rápidamente y luego descansar. Al llegar al cuarto de baño notó un olor raro, pero supuso que era la ropa de deporte de su marido. Se metió en la pila y cerró los ojos mientras el agua generosa le devolvía el aliento. Extasiada, comenzó a frotar el jabón contra la suave esponja, ya iba a cerrar la llave para enjabonarse cuando de pronto lo vio. Ahí estaba la prueba del delito: un cabello negro y enroscado justo encima de la llave del agua, ¡que ella había tocado minutos antes! Aterrorizada, dejó escapar un grito, que alarmó a su marido. La mirada de él le dijo lo demás: el rizo no estaba ahí por casualidad.
Al menos un minuto permanecieron mirándose, sin agachar la vista ni el uno, ni la otra. Un minuto al cabo del cual eran dos extraños parados frente a frente ¿o acaso ya lo eran antes? Ella comenzó a sentir que una lengua de fuego la quemaba por dentro, se volvió pesada, hubiera sido necesaria una grúa para moverla. Como en un calidoscopio, se mezclaban en su mente la visión de aquel cabello con la expresión culpable de su marido y sobre ellas, se imponía, atenazadora, la escena en la que veía a su hombre, con quien había compartido tantos momentos de intimidad, enredado en una telaraña que brotaba, como un sol, desde el centro del pubis de una mujer de cabello negro y rizado. Una visión insoportable, matizada por aquella carcajada que al principio era apenas perceptible, pero que crecía cada vez más hasta hacerla enloquecer.
- ¡Bastaaaaaaaa!
De pronto comenzó a experimentar un rápido e irreversible proceso de transformación: sus venas dejaron de ser riachuelos para convertirse en torrentes ávidos de echar por tierra cuanto se les interpusiera, el corazón le latía con toque de tambor de guerra, sus manos dejaron de obedecerle para estrenar una autonomía recién adquirida y se desprendieron a volar, dispuestas a callar al dueño de aquella carcajada abominable, de aquella burla.
Sin saber cómo, sus dedos se adueñaron de la navaja de barbero y toda ella se abalanzó, con fuerza extraordinaria, sobre el asombrado lampiño, quien no atinó a nada más que protegerse la cara e intentar huir, mientras la mano armada de su calva le hería irremediablemente.
Él intentó frenar la avalancha, pero antes de que pudiese mover un músculo ya la hoja había hecho escala en su cuello, y la sangre se le fugaba a borbotones. Mientras luchaba por detener la vida que se le escapaba la miró, con la última mirada de amor que pudo prodigarle, la miró perdonándola, amándola, muriéndose. Pero ella no escuchaba más que sus propios latidos, a ritmo de tambor, la sangre hirviéndole en las venas, el sonido irresistible de la risa de aquel traidor. No podía escuchar sus súplicas, tampoco sus lamentos, ni el sonido del botiquín al caer. No vio su mirada de perdón, no quería ser perdonada, ella quería ser redimida, quería aniquilar el cuerpo corrompido, reducir a partículas miserables la superficie contaminada, vengar el agravio a que había sido expuesta, quería tantas cosas que en mitad de su acto no recordaba ya por qué la había emprendido contra aquel cuerpo... pero no buscaba el perdón.
Por eso cavó con fruición, como si cavara una tumba, y no se detuvo hasta que cesaron las carcajadas en su cabeza, entonces se quedó en el suelo, junto al cuerpo inerte de su amado, explicándole, con el mismo tono sosegado que había tenido que hacerlo porque estaba contaminado, “otra vez has vuelto a ensuciarte” – le decía.
A ratos lo llamaba: “mi vida, mi amor, mi calvo”, pero al ver que no contestaba se enfurecía, lo sacudía contra el suelo, para volver a abrazarlo luego y acunarlo entre sus brazos ensangrentados.
Había pasado un tiempo incalculable, la noche cerrada había caído, un sonido conocido la devolvió a la realidad. No era posible, se dijo. Era posible, y se levantó, de regreso hacia la bañera.
Las vio entrar por debajo de la puerta, como dueñas y señoras de la casa, y supo que esa vez no tendría escapatoria, venían a por ella.

sábado, 18 de agosto de 2007

Por casualidad

Aquella vez, como siempre, fue la casualidad el motivo de todo. Tres años después de quedarse viuda, cuando ya estaba acostumbrándose a vivir de un lado para otro con maletas y recuerdos, ocurrió la última de sus casualidades, justo en esa mañana otoñal, olorosa a resina de pino, y no pudo menos que sonreír ante tal ironía.
Y fue puro accidente; esa mañana había salido al balcón, que era lo primero que hacía cuando se despertaba, y afuera el día estaba espléndido -los calores de agosto ya se habían ido- así que decidió prepararse un desayuno como Dios manda y sentarse a ver la gente pasar. Por suerte ya Laura y su prole estaban fuera, sino su hija la habría regañado por comer un desayuno tan pesado: café con leche, tostadas con mantequilla y huevos revueltos con jamón.
Mientras desayunaba oía a los pájaros trinar, veía a la gente que a esa hora se apuraba en llegar al trabajo, los viejos como ella sacando a sus perros a pasear o yendo a comprar el periódico. No era la primera vez que gozaba de esa sensación de plenitud, de estar en paz consigo misma; llevaba un tiempo sintiéndose cada vez mejor, aproximadamente desde el inicio del año, y mientras paladeaba el café con leche le dio por reflexionar.
La suya había sido casi una vida prestaba, marcada por el azar, cómoda. Pasivamente había ido deslizándose por los años que no la habían hecho aprender demasiado, más bien podría decirse que la vida la había tratado con delicadeza, como a toda una señora. Y todo había sido tan casual… Conocer a Raimundo aquella tarde, así, sólo porque su hermana no quisiera abrir la puerta tras una colosal discusión en la que, al final, como siempre, había abierto ella, para ver que era el cartero, que a su vez era Raimundo, y no hubo más que bajar la vista y ponerse nerviosa a la hora de firmar la revista de su madre, Selecciones, que venía cada mes, decían que desde los mismos Estados Unidos. Cada mes... como Raimundo, que lentamente (un año más o menos) pasó a ser de la familia, tras siete u ocho tazas de café, una invitación a un baile, dos o tres besos robados y cuatro meses de balancearse juntos en la sala de la casa mientras su madre tejía.
Se había casado con él, en la iglesia de su pueblo, como toda muchacha de buena familia. Pura suerte fue también que Raimundo adorase la madera, como su padre, y que pronto aprendiese con entusiasmo las labores de la mueblería, lo que hizo que finalmente su padre le permitiera casarse con él, que por aquel entonces era un pobre diablo. Suerte, el hecho de que se entendieran en la cama como si hubieran estado predestinados; que Raimundo fuera tan maestro cuando decía ser primerizo, y que ella tuviera aquel instinto para el sexo de las que nacen putas y no lo saben. No era entonces extraño que se pasasen el día haciendo y deshaciendo los amores, pero sí que la primera de sus tres hijas naciera justo a los ocho meses de casados, para más pasmo el día del cumpleaños de su abuelo materno, quien no sabía si reírse o llorar por esa feliz coincidencia que a la vez ponía en tela de juicio el honor de la familia.
Por pura casualidad, o por las diarreas de Laurita, no había llegado a tiempo a la estación de trenes el año después de mudarse para la Habana, cuando ya había sacado los pasajes para ir con las dos niñas a su pueblo natal. Raimundo no podría acompañarla porque justamente se había enfermado un compañero de trabajo y como las diarreas de Laurita no terminaban, al final se había hecho tarde para tomar aquel tren Habana-Sancti Spiritus que se descarriló con más de cien heridos y montones de muertos. Aquel verano no hubo viaje al pueblo porque el desmayo que le provocó aquel sobresalto dejó en evidencia su tercer embarazo.
Nunca pensó que iría a la Universidad; con tres hijas, un marido machista y casi cuarenta años; pero quién le hubiera dicho que ese año los comunistas, que estaban en su apogeo, necesitarían formar maestros, pues los que había no alcanzaban, así que ella, que tenía el bachillerato, había sido “llamada a dar el paso al frente” y claro, había tomado -como si no hubiera soñado siempre con esa posibilidad- la decisión, aceptada de mala gana por su esposo, de hacerse educadora, y ése había sido su mayor orgullo y el tiempo más feliz de su existencia, viendo cómo se realizaba su sueño mientras Raimundo y su madre se hacían cargo de las niñas durante toda la semana, para que ella estudiase. Y por aquel azar podría decirse, que fue una de las primeras feministas de su generación, por designio ajeno.
Nunca había llevado las riendas de su vida… “nunca he llevado las riendas de mi vida” - reflexionaba esa mañana- “pero a partir de ahora las llevaré”, había resuelto, segura como nunca había estado antes de su decisión, que coincidió con el último sorbo del café con leche. Aún le quedó tiempo para reírse de lo boba que había sido, engañándose a sí misma con la idea de que seguía enamorada de Raimundo, después de cincuenta años de matrimonio. “Cincuenta años”- pensó- “se dice fácil”. Cincuenta años de aburrimiento, encerrada en el papel que la sociedad había reservado para sí, madre ejemplar, esposa abnegada, militante comprometida con la causa de la Revolución... “Cincuenta años”- volvió a acudir la cifra a su cabeza, pero ¿cómo era posible tras cincuenta años seguir enamorada de alguien a quien se conoce por casualidad, con quien uno se casa por pura coincidencia de oficios y deseo paterno de tener hijos varones?”.
La noche del velorio volvió tropezarse al amor imposible de sus años de universidad; aquel profesor de voz grave y porte elegante al que, sin embargo, veía avejentado, tal y como debía verse ella, sin dudas. Pero no era tiempo ya de sutiles escarceos, pensó en aquel momento: ella era una viuda enamorada de su difunto marido, a quien por casualidad le habían diagnosticado un cáncer terminal mientras le hacían un chequeo para operarlo de cálculos en la vesícula. Había muerto en tres meses, sin darle tiempo a acostumbrarse, “uno nunca se acostumbra a la muerte”, pensaba aquella mañana de extraña lucidez; pero ahora, desde hace unos meses ya, se acordaba cada día de aquel hombre, aunque estuviera hecho polvo, ella tampoco estaba para tirar cohetes, a sus setenta y uno. Semanas atrás había buscado su número en la guía telefónica y pensaba llamarlo cuando fuera el momento.
Ese era el día; tras tomarse el último buche del café con leche se levantó y buscó el papelito que escondía en el fondo de su cartera. Salió andando a paso rápido, parecía una gacela, era como si se hubiera quitado veinte años de encima, y mientras llegaba a la sala, donde estaba el teléfono, pensaba lo que le diría: - Hola, ¿eres tú? – (porque suponía que lo cogería él). Pero no, quedaría muy evidente y a su edad no se veía bien. Tras dos o tres ensayos decidió que sería directa: - Hola ¿qué tal? Estaba buscando un teléfono en la guía y me encontré tu número – una mentira piadosa, pero que la haría parecer más interesante, así que decidió que primero se serenaría, daría una vuelta hasta relajarse, para que no le temblase la voz. Entonces fue que comenzó a sentir el buche ácido que le subía desde el esófago. Las comidas abundantes no van bien a los esófagos seniles, pensó. Fue a la cocina a tomarse una cucharada de su inseparable Alusil, ya sentía un claro ardor y no quería que la acidez le estropeara la conversación, después de tantos años…
- Hola ¿cómo estás? Sigues tan bella…- se imaginaba- ¿por qué no nos encontramos esta tarde para tomar un té? – sí, pero ya sería demasiado pedir; cavilaba mientras trataba de alcanzar el Alusil que su hija escondía donde los niños no pudiesen alcanzarlo. “Hidróxido de aluminio, dónde estáaas” -canturreaba- “ven a míi, ven a mi estómago, ven a mi es - tó - ma - goooo”.
No hubo ruido ni aspavientos, solamente el golpe seco de su cuerpo contra el suelo de granito de la cocina. Ni un estrépito que avisase a los vecinos. Por no haber no hubo ni silla, se cayó de sus propios pies, al final con la prisa no trajo ni una silla. Ni una peligrosa, letal, silla, y se cayó de sus pies, de sus propios y absurdos y seniles y borrachos pies.
- Hola, ¿hola?¿Hay alguien ahí?... ¡Conteste! ¿Es que no le da vergüenza molestar a un pobre anciano?
- Hola…. es que… ví tu número… en la guía y cua-ndo fui a lla-mar-te… me... caí y... ¿sabes quien soy? ¿No? Bueno... adiós, de todos modos…

martes, 14 de agosto de 2007

El viaje II


Saludos desde Barcelona.




Cumpleaños de mi sobrina

Ayer fue el cumpleaños de mi sobrina Niamey, hay que ver qué día escogió para nacer...
Es tan bonita... estoy enamorada de su carita alegre y expresiva, además es una bola de humo, cómo sabe, es, como ella misma dice, un "bicho malo". Les dejo con unas fotos suyas para que lo comprueben. Ah, el regalo le encantó, un columpio (como le gustan tanto los del parque).
Aquí con su papá, con sólo tres añitos nada sola con los manguitos, no le tiene miedo al agua.







domingo, 12 de agosto de 2007

Silvio Rodriguez - La Cancion de la trova

Para reafirmar esto que decía antes publico esta canción. En Cuba está la Vieja Trova, la nueva (que es a la que este Silvio jovencísimo se refiere, como renovadora del estilo de la vieja trova) y la novísima trova. ¿Las diferencias? El mensaje, la época, el ritmo, no soy una estudiosa, pero todas, todas son bonitas, claro que como dije antes yo me quedo con la Nueva Trova, porque es la que más me mueve.

Ah, esta canción también es preciosa


Leyendo un comentario en unos posts viejos, esos de las canciones "Campana de Cristal" o "Fe (Ni un ya no estás)", me acordé de esta otra canción de Pepe Ordaz, un nombre que no ha trascendido tanto como el de otros compositores cubanos de la nueva trova, pero que creo que vale la pena aquí recordarlo puesto que tiene canciones preciosas como esta que abajo aparece.
A Pepe no lo conocía yo, supongo que era muy joven cuando sus canciones se hicieron famosas. A mí me gusta la nueva trova, pero lo cierto es que pertenezco a una generación posterior, que tuvo la novísima trova como referente, aunque, con todo respeto, no era lo mismo ya, porque la Nueva Trova fue más que un movimiento musical, fue una revolución en sí misma (en el mejor uso de la palabra). Con todo lo que digan, de todos estos años de experimento socialista, yo me quedo con la Nueva Trova como lo más bonito que ha dado la "Revolución".

Aquí les dejo con la canción de Pepe Ordaz, a quien ví actuar en la pasada Feria del Libro de la Habana, y fue para mí todo un descubrimiento. La canción la popularizó el grupo Sierra Maestra.

Son Para Ti

Pepe Ordaz

Recién empiezo a comprender, que te he llevado en mí,
desde que supe distinguir entre amor y mujer.
Desde que pude valorar, entre mis bolas de jugar
y un beso.

Y al cabo de tanto besar, a otras me encuentro yo.
Comparto el centro de mi juventud, con el final de tu niñez.
Son dos etapas que al azar, se unieron para derrotar al tiempo.

Enséñame mujer del hechicero, navegar,
la senda que me lleva hasta tu cuerpo.
Y hazme sentir, con el contacto suave de tu piel,
que nuestro amor supo vencer al tiempo.

Y búscame, cuando la tarde pierda su esplendor,
cuando tenga la noche entre mis brazos.
Y en el lugar, que ayer la oscuridad nos ocultó,
suspirarás, desde el primer abrazo.

viernes, 10 de agosto de 2007

Fotos mías

Con mi amigo Jose Joaquín




Con mi amiga Luisa.



Con Armando, el hombre de mi vida.



Con mi padre (el mejor).






Con mi amiga Inma.

Sueños de suicida

En el primero de los sueños yo conducía un coche al revés, no con las ruedas hacia arriba sino de espaldas, no con las manos hacia atrás sino con el timón en el espaldar del asiento trasero. Como conducía de esta extraña manera no sabía si la derecha era la izquierda y viceversa, pero no chocaba, y eso que me esforzaba en hacer las cosas mal.
Iba yo, como en esas películas de absurdos, por una calle concurrida, y no podía ver lo que enfrentaba, lo que me producía una gran angustia. No sé si maté a alguien en mi sueño, no sé si me morí, en todo caso siempre podría alegar que estaba soñando.
Para el segundo de los sueños iba yo mejor preparada, con un chaleco fosforescente de los de llevar en el maletero. Me lo ajustaba bien, no fuera a caérseme, pues esa vez me tocaba conducir una avioneta.
Era la boda de mi hermana, y tenía yo como misión llevar sanos y salvos a los invitados a este enlace de copete, que se celebraba en otra ciudad. Me subía yo en mi avión, en la parte del piloto, y tocaba los botones, tal y como haría un piloto, aunque sin resultados aparentes, la avioneta no se movía. Miré detrás de la cortina y vi que no había pasajeros; al parecer aquellos, asustados, habían puesto pies en polvorosa dejándome sola. Al menos esa vez estoy segura de que no arrastré a nadie a mi sueño suicida.
Así que encendí el motor y de repente ya volaba, pero justo en el aire recordé que no sabía hacia dónde, como tampoco sabía conducir un avión, y puesto que no podía fijarme en los carteles ni los caminos conocidos de memoria, además soy malísima con la brújula, y ni siquiera se podía clavar una estaca en la tierra para saber el norte, y encima la isla era tan estrecha que al menor descuido podía desviarme hacia la mar, decidí lanzarme hacia una nube que lucía acogedora, justo debajo y dejar que la avioneta se estrellase.
Cuando me desperté caía yo hacia el vacío, y el chaleco reflectante me daba el aire de una estrella fugaz.

Estar jodido

Estar jodido es una tarde de invierno ver pasar a los coches ajenos y veloces cuando esperas un autobús que nunca llega. Verlos pasar por delante de ti, como si no existieras; llenos de gente extraña que no repara en ti, ese detalle recostado en el poste, ese objeto más en el paisaje. Mientras tú, que tienes frío, te sientes fuera de ese mundo de destinos y prisas.
Puesto que tu mundo es lento, tan lento, que cuando llega el bus y alcanzas por fin a meterte en ese pedazo de mundo, miras por la ventana y reconoces el coche rojo y nuevo que pasó delante de tus ojos como un sueño, y que ya está de vuelta de lo suyo, de cualquiera que fuese su destino.
Sin embargo para ti no ha hecho más que empezar el trayecto de abrires y cerrares, de paradas interminables en las que sube cada vez más personal y baja menos, como si el monstruo de metal los fuera engullendo. Y mientras adentro el ambiente se carga de olores variopintos, de idiomas diferentes, de contactos humanos tú, inesperadamente, comienzas a sentirte feliz.
Feliz porque, aunque no conozcas a nadie, no te sientes tan solo y ves que hay otros pobres como tú, y otros que no lucen tan pobres, ni jodidos, lo cual te eleva la autoestima, aunque sepas que en el fondo tu júbilo no es más que un mecanismo de tu psiquis para no padecer.
No importa adonde vayas, siempre será lento el gusano que te lleve. Con suerte algunas veces -como ésta- serán alegres, sólo hasta el momento en que el gusano vomita al personal, justo en el centro, sin importarle para nada tu recién estrenado entusiasmo. El monstruo vomita y tú te sientes solo de nuevo, cada vez más solo, aunque ahora los coches no te pasen por delante y los tengas debajo, de forma que si quieres hasta puedes sentirte superior a ellos o fisgonear lo que sucede a quienes los ostentan sin que se sepa nada.
No entiendes por qué los viajeros sonríen cuando se abren las puertas y miran sus relojes con apremio, cuando tú te quedas vacío de nuevo, derrotado, y suspiras o duermes mientras llegas a la última parada, que es para ti lo mismo, porque no tienes adonde ir, porque no tienes familia, ni amigos, porque no tienes trabajo, porque eres inmigrante.

Continúo exponiendo mis poemas adolescentes

¿La verdad? No sé si era más madura entonces que ahora, no sé de dónde sacaba yo aquella intuición, sin haber vivido apenas. Hoy probablemente digo menos frases hechas, soy más reflexiva... pero mucho menos poeta.
Saludos.

Cadáver exquisito

La noche de los lápices, jugamos
como todas las noches,
las palabras,
jugaban a callarnos.

Y yo, boca cerrada, no entran moscas,
descubriendo motivos como velos,
descorriendo cortinas, desnudando
la carne que no resiste ataduras,
que no quiere ser cubierta,
los sentimientos más puros.

Quiero un amor, que me transporte
al banco de aquel parque,
a aquella fuente
que tiene un cupido que vomita
agua limpia de frondoso manantial.

Quiero dormir a la orilla del río,
donde el agua me alcance para no oír
ni el ruido de los pájaros, ni el agua,
cuando cae en la roca.

Quiero un silencio enrarecido.

Vengo a llevarte, música, no intentes
besarme los oídos.

Transparencias

Tal vez un día logre descubrirte
la esencia, y alcanzar donde no llego.
Hasta donde no me dejas llegar,
o hasta donde no quiero.

Mas por ahora me conformo,
con tenderte mis brazos y apresarte,
aunque no logre abarcar con ese gesto
toda la dimensión de tu estatura.

Me basta con cubrirte con mi manto
y el juego no parece complicarse.
Es sencillo: te quiero por ahora
y me quieres, o al menos eso dices.

Te quiero y te retengo por las buenas,
sin realizar esfuerzos sobrehumanos,
sin dejar de ser yo y sin alterarte
el gusto a ti, que tanto me provoca.

Te quiero sin temores ni exabruptos,
sin miedo al abandono o al olvido.
Mi amor es algo así como una fuente
volcada sobre un río.

Nada espero de ti que no me dieras,
nada te doy de mí que no me pidas.
Queriéndonos así, la primavera
nos durará, quizás, toda la vida.

Envidia

Encontraré a mi muerte un día de estos,
quién sabe si más tarde o más temprano.

Me mirará pasar arrepentida
de no haberme llevado por la fuerza
a su casa de puertas siempre abiertas
a quien quiera llegar,
mas infranqueables,
para aquellos que penan por salir.

Mi muerte se preguntará al mirarme
qué hago yo aquí en el mundo de los vivos
con tanto desconsuelo en la camisa,
tanta melancolía en los bolsillos.

Charlaremos en torno a los negocios,
canjearemos:
soledad por tristeza.

Me propondrá compartir su apartamento:
"queda allá no muy lejos
del centro del olvido”.

Tal vez así nos aburramos más,
quizás hasta lleguemos
a divertirnos menos.

Yo quedaré confusa con la oferta;
nunca antes había pensado en eso
de hacer con mi tristeza transacciones.
Poner un puesto en pleno cementerio
de angustias y deseos reprimidos.

Y al calor de la próspera ganancia
mi muerte empezará sin darse cuenta
a tomarme cariño.

Y (ya lo veo venir), ya lo imagino
que un día nuestro fructífero negocio
se encontrará de luto, pues mi muerte
se habrá suicidado, dejándome una nota:
“eres más muerte que yo,
lo reconozco,
me es imposible conmorir contigo”.

Más poemas viejos

Mente volando

Aquí estoy,
con las manos abiertas hacia el cielo,
pretendiendo agarrar un no sé qué,
algo que me falta.

Inmóvil, la respiración cortada
casi como muerta espero.
Oteo el horizonte y espero
en medio de la calle
varada.
Indiferente al tráfico y al tiempo,
a la gente que pasa por mi lado
mirando con recelo.

Yo no los veo.
Concentrada en buscar lo inalcanzable
miro a lo lejos.
Con todos mis sentidos
miro y no veo.
No veo lo obvio,
no veo lo simple,
busco algo etéreo.

Algo que me alimente,
que me anime.
Algo que me entusiasme,
que me llene.
Algo ¿trascendental?
que me trascienda,
que me atraviese,
que me derribe,
o que me haga volar.

Espero,
desespero,
busco y no encuentro.

Poeta,
soñadora,
se van sumando
los improperios.

Y yo esperando,
nubes lloviendo,
aves volando,
rostro sonriendo,
autos frenando,
cuerpo cayendo,
libros rodando,
vidrios rompiendo,
gente mirando,
la policía,
mente volando,
risa subiendo,
mente volando,
mente volando,
mente volando,
mente volando....

jueves, 9 de agosto de 2007

Más poemas (adolescentes)

Anti-reloj

Romperé los relojes de mi casa,
voy a romperlos, sí, porque me asustan,
me vuelven una autómata regida
por un montón de piezas, de chatarra.

Y el que llevo en el brazo, ese martirio,
esa soga en mi cuello, ese verdugo
que me recuerda siempre qué no he hecho,
lo dejaré caer así, al descuido.

Al grande de la sala, al cantadero
le meteré una flor entre sus ruedas
una flor fresca, húmeda, viviente,
que oxide, con su savia, el esqueleto.

Nunca serán personas, nunca pájaros,
aunque canten las horas, aunque griten
aunque tengan colores no son árboles,
no dan flores ni frutos, sólo números.

Pobres relojes tontos, pobrecitos
en sus cárceles de oro encapsulados.
Recorriendo su pobre repertorio
una tras de otra vez, al infinito.



Días de lluvia


Es magnífico sentarse y ver llover
a través de la ventana,
cuando uno está tan solo.

Es mejor que correr tras de la efímera,
perversa e impalpable
felicidad.

Qué palabra tan hueca y rimbombante,
absurda y asediada,
de muchos, un afán.

Para mí es un enigma,
no sé cuando la tengo,
y en noches como ésta,
se me va.

Sólo queda esta lluvia
que no cesa.
Como el llanto que falta a mis ojos,
como el mar.

Eterna y atrevida,
penetra en mi santuario
me moja sin quererlo,
me invita a recordar.

En mi vida he tenido
lluvias alegres,
cobijada en los brazos
de algún que otro galán.

He tenido aguaceros
memorables,
de los que no he querido
despertar.

Mas ésta es una lluvia diferente,
acorde con mi espíritu,
oportuna.

La escucho palpitar,
con su cadencia de árboles,
y no pienso en más nada.

Ahora yo soy la lluvia,
esa lluvia que cae.


De vampiros

Las sombras de la noche se evaporan
al llegar la mañana con sus ruidos,
su música molesta, inconfundible,
señal de que comienza un día nuevo.

El sol es el antídoto del miedo,
de las enredaderas, los fantasmas,
con él no valen ya los sortilegios
los vampiros regresan a sus cajas.

La magia de la noche está en su esencia
oscura, vaga, turbadora, muerte.
Evocar la verdad es sacrilegio
encender una vela, mala suerte.

La luz pone las cosas en su sitio
se pierden las aristas, los matices
y todo resplandece con su brillo
con colores reales, con insulsos barnices.



Putrefacción

Siento como me pudro
lentamente
y nadie a mi alrededor
puede hacer nada.
Ni siquiera,
el amante que besa mi cuello oloroso
a fragancia de flor.

Y yo gozo de saber
que están contados
mis días de princesa mañanera.

Y yo río,
al ver los cuerpos atléticos
de las revistas,
grasosos,
bronceados,
bellos,
son cuerpos domesticados
por el constante ejercicio.

Pero yo me pudro
y como no puedo hacer nada
por evitarlo,
me contento con burlarme
de la belleza.
De esa belleza instantánea,
cegadora,
la deslumbrante belleza
de un joven cuerpo desnudo.

Y yo me miro
en el espejo enemigo de mi cuarto,
ese terco soplón que no me engaña
ni ante las amenazas que le grito.

Ese espejo asesino de mi imagen,
y esta boca, asesina de mi cuerpo,
van a acabar conmigo.

No me importa,
que se pudra mi carne, que se pudra,
pero sin paños tibios.
¡Si al final soy un monstruo ante el espejo
quiero serlo ahora mismo!

... Lo que más me atormenta,
de mi putrefacción, es el período
que demoro en hacerlo,
una lenta condena a plazo fijo.

Si al menos yo supiera
que tengo una semana de permiso
gozaría hasta el último instante
de este amable resquicio.

Le diría a mi amante
que amase mi morada con locura,
que mordiese mis senos sin remilgos,
hasta que de mi piel brotara sangre,
y mi vientre inflamado fuera un foso,
ganado a fuerza de martillos.

Luego desvencijada,
maltratada mi carne por excesos
me sentaría a esperar frente al espejo,
de mi cuerpo el brutal estropicio.

... Y metamorfoseada, cual cigarra,
reiría con los dientes que me queden
de esos que se resisten a enfrentar
la vulgar decadencia de lo vivo.


miércoles, 8 de agosto de 2007

Poemas adolescentes

¿Qué tal? ¿Les gustaron los vídeos? Pues voy a descansar unos días de mi faceta de dj. Ahora me he montado en el personaje de poetisa, (poetisa, sacerdotisa... ) Mucho mejor ¿no?
Comenzaré por publicar algunos poemas a los que les falta algo (¿experiencia, madurez, lecturas?) o les sobra rima, juzguen ustedes mismos. Luego si se portan bien iré desvelando los más recientes, que se supone que son mejores (aunque no se garantiza).
El que está a vuestra derecha, ese tan rimadito, pertenece a esta clase de poemas que suenan sospechosamente bien.
Estos primeros estaban agrupados en un libro inédito que se llama "Las cosas que yo creo" ¿ingeniosa la frase, no? Ah, juventud, divino tesoro.
Bueno, ahí va eso.


Lujuria

¡Lujuria, ven a mí!, tráeme contigo
aquellas noches de sábanas revueltas,
de velas encendidas,
de gritos apagados,
de gemidos.

La nostalgia entorpece mis sentidos,
no puedo más, de amor encarcelado.
Fluye en mis venas, cual río caudaloso
sin destino,
sin frenos,
desbocado.

La nostalgia me tiene prisionera,
recuerdos de los días ya pasados.

Los días del amor a pierna suelta,
del comer por no morirnos de hambre,
del galopar sin fin de nuestros cuerpos.


Mas, ven lujuria, ven a atarme las manos,
Ven a desabrocharme los estribos.
¡Gobiérname! ¡Enloquéceme! ¡Suavízame!
Agótame por fin de tantos besos.
¡Transpórtame! ¡Bautízame! ¡Renáceme!
Quítame de una vez esta pereza.

Cansada estoy de andar por esas calles,
sola, triste, de amor necesitada.

¡Necesito lujuria en carne propia!
Pecar y no ir al cielo, ser blasfema,
morir de amor, bajar hasta el infierno
quemada por los besos voluptuosos
del hombre que con besos me desarma.



Nada sutil, como ven, no obstante suena bien en los recitales, es de esos que sacan aplausos.
Ahora ya no diría lujuria, usaría otras palabras para expresarme...

Bueno, os dejo con tres más, del mismo tema (erótico-festivo).


Realista

Ya sé de cierto que no soy imprescindible
en este mundo que nos corresponde.
Nadie muere de amores por mí,
nadie agoniza ahora por la falta de mi ser.
No pienso suicidarme, no estoy loca,
además siempre es posible atormentar a algún incauto,
pues me gusta, y lo digo sin sonrojo
jugar a enamorar, y a enamorarme.
El juego de la seducción me atrae
(qué vicio saludable y qué problema).
Detesto no tener un objetivo,
un amante real o imaginario,
un motivo de verso, o de desvelo,
la noción de pertenecer a algo:
un partido, una raza, lo que sea,
algo que ate mi sexo a la deriva.



Libertario

Cuando el amor te llegue, no le huyas
porque morir de amor es imposible,
lo lógico es morir de desamor.

No temas florecer, abre tus alas,
acepta ésta llovizna bendecida
que la vida te entrega, dadivosa.

Desata tus encantos, mariposa
y vuela presurosa por la vida,
que no siempre hay un jardín de rosas.

Que la felicidad nunca es bastante,
que son tan sólo instantes de locura,
y que tú eres lo más importante.

Regálate, pues bien, un día de asueto,
tira lejos esa melancolía,
y deja disfrutar a tu esqueleto.

Quédate, entre las sábanas, dormida,
cuando suene el reloj, con ese amante
que hace rato te trae embobecida.

Es tan corta la vida, que es bastante
para sentirse bien, tener un día,
con colchón, y con sábanas, y amante.


Advertencia

Hay un hombre en mi cama,
respira dulcemente
ajeno a mi escrutinio.

Este hombre magnífico
duerme cual hoja seca
que el viento hubiera
arrastrado hasta mí

Todos sabemos
que el viento es caprichoso
y que más vale no contradecirlo.

Me ha dejado este hombre
posado aquí en mi cama.
Y tengo que admitir que es todo un hombre.
No le sobra ni un dedo,
no le falta una tuerca,
he dicho que respira,
si lo toco se mueve
(tiene eso que llamamos
sensibilidad).
Lo cual no significa
que llore más tarde
si le leo un poema.

Tiene pelos, espalda,
tan amplia que podría
tenderme sobre ella.
Y la temperatura de su cuerpo
es tibia, para ser conservadora.
Aunque si me recuesto contra él
podré saber exactamente
con cuántos grados arde mi deseo.

Hay un hombre, repito,
lo digo por si acaso,
no vaya a ser que luego
me acusen de liviana.

Duerme como angelito
¡angelito!
Con ese cuerpo terrenal
y esa boca profana.

Y ¿cómo resistirse
ante tanta belleza?
El pecado sería
no morder la manzana.

Y ¿qué puede pasar?

¿Qué más tarde se pudra o me indigeste?
¿Qué se ofrezca a otras bocas, la villana?

Acepto el riesgo,
que no todos los días hay manjares de dioses
encima de mi cama.



Como ven son bastante cursis.
Pero tienen su gracia, o al menos a mí me lo parece. Ahora, que malos son un rato largo.
Buenas noches tengan todos los que se ríen como yo me estoy riendo hoy.

Frank Delgado. Monólogo en un concierto

Qué cómico Frank, no sé si es mejor cuentista que compositor o cantante. A mí me encanta, disfrútenlo.

Ella Fitzgerald. Misty.

Oh yes, I'm too misty and too much inlove.

martes, 7 de agosto de 2007

Sintesis

Como bailé yo con Síntesis, coñó, esta canción me encanta. A veces los cubanos no saben apreciar su folclor. Este grupo es magnífico,y lo era más cuando cantaba Fidelito, quien, por cierto, vive aquí en Mallorca.

Esto se parece a "De la gran escena"

¿Se acuerdan de ese programa? Creo que todavía existe, corríjanme si me equivoco. Pues yo no sé por qué últimamente tengo vocación de guionista. Desde que descubrí el youtube (qué vacilón), puedo encontrar todo lo que quiera, y lo mejor, compartirlo con quienes no conocen estas maravillas. Permítanme esta licencia.

AMIGAS

Ah, qué cubano no recuerda esta canción. Ojo a la voz de la inolvidable Elena. Miky, esta es para tí.

Habana abierta. Corazón Boomerang

De lo mejorcito que ha dado Cuba en los últimos tiempos, sirven para bailar pero también para escuchar. Sus letras polémicas y descomplicadas abordan temas espinosos de la actualidad cubana, pero siempre con humor y buena onda.

Liuba Maria Hevia - Alguien me espera

Esta mujer es de las mejores intérpretes que hay actualmente en Cuba. Su voz dulcísima es un regalo a los oídos. Ha sabido conjugar la música tradicional cubana con otros estilos, y el resultado es un estilo muy personal.

carlos nuñez Canto de seitura

Lo cuelgo de nuevo porque se me borró sin querer. Precioso.

El ángel

No caminaba, flotaba, ingrávida, ajena a cuanto sucedía a su alrededor, era una pluma que el viento llevaba y traía a su antojo, había quedado atrapada en su cuerpo, pero tenía unas alas enormes, enormes, que le permitían ir donde quisiera, menos cruzar el mar.
El mar. Muchas veces llegaba hasta él, pero justo en la orilla se detenía, era demasiado ancho, no podría atravesarlo, aunque quisiera. Se detenía a contemplarlo desde la arena en toda su majestuosidad, era demasiado... ancho, era apabullante.
Vivir en una isla, con el agua como vínculo o frontera, no era cosa de juego, no hay puentes al horizonte, no hay escape… Quedaba solamente surcar una y otra vez los caminos, prender una hoguera en la playa, y sentarse a esperar. Mirando el azul del océano lo comprendía todo, el azul absorbía sus ojos, o estos lo retenían, en una especie de reto, mientras más el mar era causante de sus penas, más ella lo desafiaba, pero él nunca se inmutó. Iba y venía indiferente, a veces embravecido, otras, tranquilo como si nada sucediese.
Del otro lado del mar estaba su destino, se lo habían dicho las cartas: cruzarás el mar, pero ¿cuándo? Todas las señales le revelaban que uno de esos días sería el indicado. Por si acaso, había hecho una promesa a la diosa de las aguas, para que la favoreciese en su empeño: cada noche encendería una hoguera a la orilla de la playa, en su honor. Y así lo hizo.
Él sabía aunque pretendiera no enterarse, por más que tratase no podía ignorar la presencia de aquella muchacha, mariposa o ángel, sus desnudos pies firmemente enterrados en la arena, donde las olas no la alcanzasen, con aquella mirada impertinente, atormentadora. “Un día te voy a alcanzar” – bramaba. Ya estaba cansándose del juego.
Al principio fue divertido, pensó que era una admiradora, y actuó como siempre, indiferente. Había aprendido a convivir con las miradas indiscretas de los moradores, y hasta se divertía pensando en los amantes que iban a verter sus amores a la playa, en los poetas, que le dedicaban versos febriles. Pero esta muchacha era de cuidado, no era una simple muchacha: podía volar (o sea que tenía un pacto con Dios o con el Diablo), y sus rayos azules le generaban una inexplicable inquietud.
La voyeuse llegaba todas las tardes a la misma hora, unas veces caminando, otras desplegando sus hermosas alas nervudas, transparentes como el cuerpo de las medusas que habitaban sus profundidades, y con el mismo reflejo azul-rosáceo. Llegaba, hacía una fogata, y se paraba a esperar. Así permanecía, siempre de pie, escrutándolo incómodamente hasta que anochecía y no podía verse de él más que el reflejo de las olas, si la luna lo permitía. Sólo entonces se iba volando, para volver al día siguiente, y así sucesivamente. Ya llevaba más de tres ciclos lunares en el mismo ritual, y su paciencia había comenzado a agotarse.
Aquella no era una tarde común. Su patrón, el viento, había decidido soplar sobre su inmenso cuerpo, y lo obligaba a bailar al compás de una música insoportable. Ya lo tenía enfadado, y aunque intentaba protegerse de las ráfagas hirientes con remolinos y zarpazos, no conseguía escaparse. Bastaba que bajase la guardia en alguno de sus baluartes para sentir cada vez más intenso el azote del látigo invisible de su amo. Se retorcía de dolor, le imploraba con lágrimas saladas, pero era inútil, el viento soplaba colérico, despidiendo trombas punzantes que se le encajaban como aguijones. Cuando su señor estaba de mal humor, era mejor no provocarlo, porque a las rachas podían seguir los rayos, truenos, y sus peores enemigos, los granizos. Ante tal situación le quedaba el único recurso de esperar, paciente y sumiso, el fin de la tempestad.
Y aquel bicho raro estaba ahí, como una estaca, exhibiendo su odiosa transparencia, culpándolo ¿de qué? No estaba para ella, ¡quítate de mi vista, asquerosa cucaracha blanca! ¿No ves que me siento mal? ¿Qué miras? ¿Qué quieres de mí? ¡Contesta! ¿Hasta cuándo vas a seguir con ese juego? ¡¡Bastaaaaaa!!
El ángel soportó impávido la embestida de la ola. Nunca antes en el pueblo se había visto una de tal alcance, arrastró consigo sombrillas, camastros, sillas, y hasta una barca, firmemente encallada en la arena. Pero al ángel no. Resistió sin inmutarse, sin pestañear apenas, con sus insondables ojos abiertos hacia el mar, lo miró por dentro, no era tan feo, con sus burbujas de colores, sus reflejos tornasolados. Llevaba más de dos meses asistiendo a su silencioso ritual, pero hasta entonces no había visto la belleza que se escondía debajo de las olas.
Habían pasado tres lunas llenas, bajo las cuales había tenido que soportar la mirada insistente de aquella rara especie. Aquel anochecer, luego de darle un merecido castigo por su tozudez, comenzó a sentirse mal, cada vez más mal. El agua se le helaba, no podía moverse, todo él era una masa de agua congelada, un bloque de hielo. Sentía pena por la pobre criatura, en medio de la noche podía vislumbrar su alada silueta, en el mismo lugar donde había estado durante todo ese tiempo. Hasta ese momento no reconoció que estaba acostumbrado a su presencia.
La fogata estaba apagada, no soportó el embate de la ola. Era de noche y la tormenta había pasado. El ángel, con sus alas mojadas, comenzó a caminar. Si no podía llegar a la otra orilla, al menos viviría bajo el mar.

Buenos días tengan todos


Buenos y hermosos días tengan todos los que sufren por las noches.

lunes, 6 de agosto de 2007

Una luz

Necesito una luz para mirar al futuro y no perderme.
Necesito una bola de cristal, un manual para interpretar las señales que el viento me coloca aquí y allá, desordenadamente.
Necesito paz, algo de paz y verme desde fuera para ser consecuente con mi esencia.
Necesito silencio, sobre todo, silencio de las voces que me hablan desde dentro, silencio de la voz que dice miedo y de la que se olvida de que existen ciertos límites.
No quiero más juzgar ni ser juzgada, no quiero establecer con los demás otro nexo que no sea el de la sinceridad y la buena fe.
No quiero más trucos ni dobleces, no quiero compromisos ni temer al mal de ojo o a dar pena. Quiero decir que soy feliz cuando lo sea, que estoy jodida cuando lo esté, así, sin más ni más.
Quiero ser valiente y poder vivir mi vida a mi manera, sin tener que esconderme o aparentar ser diferente para ser respetada.
Eso quiero.

Y he aquí un hallazgo. Rabo de nube.

Poco me importa que se hayan politizado. La poesía que nos han regalado ya les vale un sitio en mi santoral.
Mauricio, esta te la dedico.

domingo, 5 de agosto de 2007

Mis amores I

Como no tengo ganas de escribir, les contaré un poquito lo que me quita el sueño. Poco a poco y por el simple placer de compartirlo, publicaré los vídeos que vaya encontrando de las cosas que me gustan.
Espero que lo disfruten.
Yo.

Vinícius de Moraes - Soneto de Fidelidade

Este hombre ya viejo que ven aquí fue un gran poeta, un gran compositor, pero además fue un hombre con una vida intensa, que venía de la política (había sido diplomático antes de dedicarse a la música).
La afinación no era lo suyo, pero bueno, se le perdona por ser tan grande.

Simone, en carne y hueso

Qué jovencita estaba, esta mujer es otro icono para mí. Qué voz, qué personalidad apabullante. Y aún sigue cantando, para quienes le han perdido la pista.
La canción muchos cubanos la recordarán porque es la de "Una mujer llamada Malú", se llama "Començar de novo" y es de Iván Linz.

Hablando de Xiomara

Encontré este vídeo en Youtube, creo que a muchos que no la han visto hace tiempo les hará ilusión verla. Es un pedazo de artista, yo la admiro.

Un documento histórico

Qué pimpollos estaban, qué risa verlos.
Esta canción, "Para Bárbara" es preciosa, aún me sigue gustando.

Santiago Feliú Y León Gieco 1987

sábado, 4 de agosto de 2007

Mamá Cuba

Este texto lo hice hace cinco años, en plena adaptación transcultural. El pesimismo es un sentimiento que muchos cubanos compartimos. Qué pena.


Mamá Cuba

Me evocas tantas cosas, mamá Cuba, me llenas de tristeza y de júbilo a la vez. ¿Por qué -me pregunto- eres así con tus hijos? Los traes al mundo y luego los espantas. ¿Por qué entonces les llenas de tu savia, les imprimes tu manera de ser, si luego habrán de olvidar todo lo aprendido? Madre egoísta, dejas tu sello en todas tus criaturas, nos has dejado un hambre que sólo se sacia volviendo a tu seno, bebiendo de tu seno. ¿Acaso nunca más podremos volver a dormir en tu regazo sin sentir que nos ahuyentas?
Nos haces creer que somos diferentes, pero cuando partimos de ti sentimos el peso de tan grande mentira: somos unos minúsculos y extraños seres en un mundo ajeno. No somos diferentes, simplemente no somos iguales a los demás, el estar siempre contigo nos ha vuelto raros.
Te sé alimentadora de otros náufragos, pero no puedo detenerte, eres imbatible en tu empeño de crear soñadores, futuros deprimidos. Me da rabia tu manera de ser, pero no puedo dejar de reconocerme en ti, madre querida, ¿quizás cuando yo tenga hijos los críe a tu manera?
Hace poco te vi, después de mucho, y sucedió lo que siempre sucede, al mirarte fríamente descubrí que no eres tan perfecta como te había idealizado en la distancia, pero a pesar de que no te soporto, no puedo vivir lejos de ti, eres mi esencia. Sin ti dejaría de existir, no sería lo que soy, pero no puedo estar al lado tuyo, me hace daño, me ahogas, me causas pesadillas, me haces la vida difícil, pareces advertirme que no me acerque con tus artimañas de vieja bruja.
Tú ganas, por ahora me mantendré a salvo, yo y mis hijos, pero otra cosa será cuando seas vieja: ¿quién cuidará de ti cuando envejezcas y te transformes a tu pesar en una dócil e indefensa ancianita; cuando delires con que eres una niña y tus hijos son tus padres? Para entonces yo regresaré y te perdonaré, pero no lloraré a pesar de tus lágrimas dementes, porque ya habré llorado suficiente. Pero estaré a tu lado cuando mueras, Cuba querida.

A una ilusión

Has crecido en mi mente como un río
y no tengo valor para encauzarte.

viernes, 3 de agosto de 2007

Persecución


¡Que me pase eso a mí, con lo viejo que yo estoy pa´ esa gracia! No es fácil, no es nada fácil, vaya ¡eso es moral! ¿Tú sabes lo que es cogerle miedo a una jeva? Y a una jevita como esa, tan linda, tan arregladita... ¡Chico cuando yo lo digo, yo debo ser medio maricón!
La jevita se puso pa mí, fíjate pa mí, pal flaco, y yo mareao, pensando en películas de terror, en Drácula y esas cosas ¡No si yo lo que debería es ir ahora mismo y hacerme el jaraquiri ese que se hacen los japoneses, chico, por comemierda!
Y estaba rica, consorte, ahí, parada en la esquina de 23 y 12 esperando su botella, como quien no quiere la cosa, pero todos los tipos tenían que meterse con ella, no había hombre (hombre de verdad) que no la mirara, porque era, no sé, vaya, un ángel, asere (o una diabla, como pensé después). Traía puesto na´más que un vestidito blanco cortico, así fresquita, rozagante, acabada de salir de un anuncio de revista, vaya ¡increíble! Una jevita de esas que tú las ves y dices: “Na, esto no es pa mí” ¡Un manjar de dioses, chico!
¡Qué muñeca, consorte, qué muñeca! Me echó una mirada...¡y tenía un par de ojos claros! ¿o eran las luces de los anuncios? No sé chico, pero tenía unos clase ojos que eran, vaya, dos luceros. Y ese pelo, largo así por la cintura, y rizado, parecía de esas indias de las películas de Hawai, lo único que le faltaba era la sayita con las tetas al aire y el collar de caracoles. Y una figurita, que pa qué, vaya, modelo, modelo ¡una cinturita de avispa! Y unas piernotas, y unos muslotes de esos que si te cogen te ahogan, vaya. Y ella ahí, en el semáforo, pidiendo botella, haciéndose la que no sabía que tenía alborotados a todos los tipos, ¡con una carita de inocente, que había que verla! Yo me le acerqué, pero yo no soy de esos tipos que dicen piropos – yo sé que a las jevas no les gusta que les digan piropos – yo, “el flaco”, haciéndome el interesante, el riquísimo vaya, caminando como si la calle fuera mía, parecía como si de un momento a otro me le fuera a acercar y decirle: - Oye mami ¿tú ves todo esto que está aquí? Pues todo esto es mío... me hubiera gustado poderle decir eso, pero ya tú ves, yo soy un flaco en carne, mi socio, pero soy “el flaco en la Habana”.
Yo pasé... ¡y la muy cabrona se me quedó mirando! Yo dije: “¡Ay chiquita, te sa-las-te!” Pero na, seguí caminado, porque uno tiene su orgullo ¿no? Y como te dije, no me gustan los piropos. Pero le rogué a Yemayá, mi patrona, que cuando mirara pa´ atrá ella estuviera mirando. Y cuando miré: ¡Ay Dios mío! No solamente estaba mirando, sino que venía detrás de mí. Yo dije: ¡coño Yemayá, apretaste! Y hasta me asusté, vaya, porque que una jeva así le caiga atrás a uno, eso no se da todos los días. Pero seguí, pa´ ver qué iba a hacer la niña. Cuando estaba por el cine 23 y 12 ya tenía picazón, y volví a mirar... ¡¡Oye chico y tú puedes creer que todavía venía detrás de mí, la muy condenada!! Hice como que leía la cartelera, pa´ ver si se me adelantaba ¡sí porque yo soy un hombre, y a mí eso de que me vacilen por atrás nunca me ha gustado! Pero ¡na!, la jeva aflojó el paso, y tuve que seguir ca-mi-nan-do – no me quedó otro remedio –. Y ella ahí... detrás de mí, ¡coño si me sentía los ojos clava´os en la nuca! ¡Oye, eso no es fácil, te lo digo yo! ¡Qué situación más in-có-mo-da! Vaya como si no se te parara delante de una jeva que te gusta mucho.
De pronto no me dio tanta gracia, porque eso no se le hace a un hombre, ¡eso es cogerlo desprevenido! Y yo seguía ahí, caminando, y todos los tipos tenían que virarse a mirarla, yo que iba delante, oía los comentarios: “¡Oye asere, mira que manguito viene por ahí, consorte!” Ya estaba acomplejao, si la jeva estaba pa´ mí no me gustaba que me la estuvieran vacilando los tiburones.
Entonces llegué al entronque por donde me desvío pa ir pa la casa, yo dije, déjame echar un último looking porque seguro la jevita sigue por 23, vaya era lo más lógico, y miré pa´trá, y ella como si nada, mirando las margaritas, los jardines, qué sé yo, haciéndose la boba ¡con lo buena que estaba! Me dieron ganas de despertarla de una buena zarandeá ¡pa´ que se enterase de que con los hombres no se juega!
Pero no miró chico, y yo creo que lo hizo a propósito, sí porque era un poquito jodedora, y ná, dije: ¡pal carajo! se acabó el jueguito, estaba divertido pero ya, la pendeja esta no me va a sacar a mí de mis casillas, a mí, “al flaco”, ¡si no quiere mirar pues no nos despedimos y ya! Pero ¿tú puedes creer que la muy bicha cogió por donde mismo yo iba? ¡Ño acere, qué en-car-ne! Yo dije: “Seguro que es una loca, de esas que les gusta que se la tiemple un desconocido, o peor, una asesina en serie”. Me empecé a preocupar – mira que la calle no está buena y hay que cuidarse... que uno está malo y to´, pero de vez en cuando se me pega algo... y además está la chama, que no vive conmigo pero yo la mantengo, y a esa hora me acordé hasta de mi mamá, y de la comida que me estaba esperando calentica en la casa, vaya una cosa increíble, en esos momentos uno piensa en ca´cosa... Apreté el paso y doblé en la esquina ¡Coño chico y la jeva me cayó atrás! Ya no me importaba si era Shakira ni la Claudia Chifer esa, ni que viniera de Hawai ni na´, lo único que quería era que me dejara en paz, ¡compadre qué clase de veta me estaba sacando la nena aquella! Oye, hay que estar ahí pa´ saber lo que se siente ¡No-es-fá-cil!
Ya no podía aguantar más la curiosidad y la miré, en los ojos, en los mismos ojazos que antes me habían parecido dos luceros, oye chico y parecían los mismos ojos de Satanás, dos bolas de candela – de horror y misterio – y las greñas sueltas esas parecían las de los fantasmas de las películas que cuando se ponen así a contraluz se ven pelúos – oye, de espanto – hay que estar ahí, vaya que me cagué.
Cuando doblé la otra esquina, traté de serenarme, “cálmate flaco” – me dije – “es solo una jeva ¿qué pasa?, que no se diga” Y estuve a punto de quedarme parado detrás del muro, a esperarla para ver qué rayo quería, pero entonces pensé: “y si me saca un cuchillo, o quien sabe si en el bolso lleva una pistola, o peor, a lo mejor es una vampiresa de esas que te chupan la sangre y te dejan tirado en la calle”, oye, ¡qué va! Doblé esa esquina que jodía, como alma que se lleva el diablo, y dije “¡si me cae atrás en esta sí que no me salva nadie!”.
Compadre: ¿y cómo te cae que el bicho raro aquel, que yo creo que volaba y todo, se abalanzó pa´arriba de mí? Y yo la vi venir a un paso cada vez más rápido, hasta que se me heló la sangre y no pude caminar más, me quedé parado, asere no podía mover ni un cabrón músculo, cuando de pronto veo a un policía, compadre, sí, un fiana, y en ese momento vi los cielos abiertos, el policía aquel me pareció el mismo Dios vestido de uniforme. Ya la cosa esa debía estar cerquita´e mí cuando de pronto empecé yo a gritar: “¡¡¡ Policía, auxiliooooo!!! ¡¡¡Socorro!!! ¡¡¡Ayúdame!!! ¡¡¡Me quieren violar!!! Y el policía se ha mandado a correr pa´ donde yo estaba y ha cogido a la chama aquella, y le ha dado una clase de atrabancá – le puso las esposas y to-do – y lo último que yo alcancé a ver fueron los ojones verdes de la morena que se le querían salir de las órbitas, y ella gritaba y lloraba, y ya no recuerdo más nada, pero dicen los vecinos que la jevita lloraba y decía: “¡yo no hice nada, yo no hice nada, ese hombre está loco, yo vivo en la otra cuadra!”.
Compadre ¿y tú puedes creer que es verdad? La jevita es vecina mía, y yo no la conocía, compadre ¡¡qué clase´e penaaaaa!!

jueves, 2 de agosto de 2007

¿Y de esta otra?

Fe (Ni un ya no estás)

Interpretada por Xiomara Laugart

Fe, que mantenías en las alas a mi amor.
Me refugiaba entre el aroma y tu niñez
si desdoblabas la fragancia de tu ardor.

Mi fe, que inauguraste con tu beso frente al mar.
El agua clara con la arena entre tus pies
me dieron fuerzas para inmenso navegar.

Mi fe, yo creo en ti, tú no te irás
Mi fe, ni un "sin querer", ni un "ya no estás".


Fe, probé la espuma de mis olas con tu andar.
Mira la lluvia como crece tu esbeltez
y ahora no tengo ni una estrella en quien soñar.

Mi fe, colgué el aliento que empapabas en mi voz
que del rocío que devuelvo en mi embriaguez
¡Dame las alas que formaste sobre el Sol!

Mi fe, yo creo en ti, tú no te irás
Mi fe, ni un "sin querer", ni un "ya no estás".

¡Ah, la negra estaba inmensa cuando cantaba esa canción!
El año pasado tuve la ocasión de entrevistarla, la entrevista se me perdió cuando mi computadora estalló de tanta belleza un día en que dijo que no trabajaba más, que estaba cansada de almacenar boberías.
Pero las fotos se salvaron, estaban en un cd.
Aquí les dejo con algunas fotos de esa noche inolvidable, en el Jazz Voyeur Club de Palma de Mallorca, con Xiomara y Overproof.
Un último comentario, está igualita, no ha cambiado nada, y su carácter, esa gracia, ese swing, continúan encandilando a mujeres y hombres por igual.
¡A tu salud, Xiomara! No dejes de encantarnos con tu voz.


¿Alguien se acuerda de esta canción de Donato Poveda?

Cuando Donato tenía apellido y más lirismo.


Campana de cristal

Cayó la noche
con su silencio cruel
viene matando el día
que volverá a nacer.

Noto mis manos
Viajando por tu piel que hacen vibrar
Como una campana de cristal.
Como una campana de cristal.
Como una campana
Como un laberinto
Donde me perdí.

Sin prisas, ni aliento
Pa ver lo que siento
Sin prisas, ni aliento
Pa verte, sintiendo.


Oh oh oh oh
Oh oh oh oh oh oh oh
Oh oh oh oh
Oh oh oh oh oh oh oh.


Y al fin mis manos
Viajando por tu piel que hacen vibrar
Como una campana de cristal.
Como una campana de cristal.
Como una campana
Como un laberinto
Donde me perdí.

Sin prisas, ni aliento
Pa ver lo que siento
Sin prisas, ni aliento
Pa verte, sintiendo.

Oh oh oh oh
Oh oh oh oh oh oh oh
Oh oh oh oh
Oh oh oh oh oh oh oh.

miércoles, 1 de agosto de 2007

Ayudar al que ayuda

Últimamente escucho a mi alrededor sólo lamentos, quejas, problemas... No sé por qué todas las quejas me llegan a mí.
Ni que fuera maestra.
No corren tiempos buenos para la alegría, hay que defenderla, como decía Benedetti en ese hermoso poema. "Defender la alegría como una trinchera".
Parte de esos problemas son reales, las enfermedades, los imponderables, pero hay otros que no son más que el resultado de actitudes erróneas de las personas ante la vida.
Como sea, esos problemas cuando llegan a mí, me afectan.
Cómo recuerdo ahora esa frase que mi primo Manolito, un hombre muy sabio, escribió detrás de la puerta de su casa, algo que en su momento me pareció un poco antipático de su parte, pero que ahora entiendo en toda su dimensión.
Decía la frase: "el que abre demasiado la puerta busca su ruina", y claro, a mí la frase me parecía en aquel momento como una invitación amable a retirarme.
Supongo que en realidad sí lo era para los tantos que visitábamos la casa de mi tía, una mujer encantadora con un gran carisma y una excelente mano para cocinar.

No entendía entonces que la puerta a que se refería ese cartel no era una puerta física, ni siquiera aquella donde estaba colgado.
Era la puerta que a mí se me ha quedado abierta.
Y aquí me surge una duda:
¿Quién es mejor persona? ¿El piadoso o el egoísta?
¿El sincero que no ayuda cuando no puede o el que se hace el harakiri?
Yo simplemente estoy cansada, no tengo energías para sostener los problemas ajenos. Sobre todo cuando los míos no están resueltos.

Es lo que tiene la emigración.

Una vez me comentaron una frase que decía lo siguiente: "los inmigrantes son como los sapos: tímidos, apocados y casi siempre traen problemas". También me escandalicé en ese momento, ¿cómo así que me comparaban con un sapo? Yo soy inmigrante, y tengo que admitir que en un tiempo atrás fui tímida y me sentía apocada, fuera de mi piel, algo que suele pasar en los inicios.
Lo de traer problemas, bueno, no lo sé, quizás a mi novio, que tuvo que aguantarme en esa época en que era un lagrimal con patas.
Luego empecé a ceder, e incluso llegué a reírme de la frase. Así que tímidos, apocados, y casi siempre traen problemas. Bueno, tiene su gracia ¿no?
Hoy me viene a la mente a cada rato, como una ironía.

"No soy un paño de lágrimas", voy a tatuármelo en la frente a ver si merman las quejas.

Lo malo de todo esto es que sospecho que no es nada personal, la cosa está realmente mala, lo mires como lo mires.
Es la triste realidad del inmigrante, y si no reniegas de tus raíces, si no te vuelves insensible, esto que ves a tu alrededor en algún momento te afecta, porque todos buscan y pocos encuentran un trabajo digno, una oportunidad.

Ahora soy yo la que se queja, es que esto se pega.
Hay que parar la queja, por favor.
Hay que pararle los pies al pesimismo.
Hay que gritar.
Hay que salir corriendo.
Hay que hacer algo, coño, hay que hacer algo.

Yo qué sé.

Venecia sin mí (qué triste y sola está)

Los venecianos tienden la ropa en la calle, igual que en Cuba.


Es mía, ¿a que es buena?


El parking de las góndolas.


Si se te caen las llaves, búscate un buzo.



¡Ah, Venice, amore mío!



Pasado perfecto

Él era un perfeccionista y ella era la mujer perfecta para él, por eso se atrajeron mutuamente desde el primer instante. Él necesitaba de ella para llegar adonde siempre soñó; ella no podía creer que tanta buena suerte hubiera recaído sobre su persona, y le entregó su futuro. Se amaron, y todo fue perfecto mientras ella fue perfecta.